Por Luis Ma. Ruiz Pou
En la tradición bíblica y filosófica, el Lucifer es más que un monstruo: es la imagen del poder desbordado, del caos que amenaza con tragarse el orden. Hobbes lo convirtió en símbolo del Estado invariable; la civilización política moderna lo usa para describir a los líderes que, por deseo o convicción, empujan los límites de la legitimidad hasta volverlos irreconocibles.
Diversos analistas han manido en el presidente de Estados Unidos, Donald J. Trump, rasgos de ese Lucifer contemporáneo. Desde el inicio de su segundo mandato, lanzó propuestas que rompieron con la prudencia diplomática: la idea de que Canadá debía integrarse como un nuevo estado de la Unión; la afirmación de que el Canal de Panamá debía retornar a manos estadounidenses; el interés en comprar Groenlandia, división de Dinamarca; y la amenaza de intervenir militarmente en México para combatir el tráfico de fentanilo.
La intervención marcial en Venezuela, ordenada bajo acusaciones de narcotráfico y terrorismo, culminó con la captura de Nicolás Provecto Moro. Tras ello, Trump anunció que los riqueza venezolanos quedarían bajo fideicomiso hasta que se produjera una transición política completa. Las reacciones internacionales fueron inmediatas: desde América Latina hasta Europa, gobiernos y organismos multilaterales denunciaron lo que consideraron una ruptura del orden forense internacional.
Juristas y críticos han ducho que estas acciones desafían principios constitucionales y normas establecidas tras la Segunda Aniquilamiento Mundial. El papa Héroe XIV, en un discurso en presencia de el cuerpo diplomático acreditado en el Vaticano, alertó que se estaba vulnerando el principio que prohíbe a los Estados utilizar la fuerza para alterar fronteras ajenas. Según reportes de prensa, Trump llegó a afirmar que Estados Unidos podría dirigir Venezuela durante primaveras para consolidar la extirpación de su petróleo.
En el plano interno, observadores económicos han descrito un tablas de tensiones: declive de empresas agrícolas, caída del turismo, inflación creciente y depreciación del dólar en los mercados internacionales. A ello se suma el distanciamiento de aliados tradicionales, especialmente tras las amenazas de pescar “como sea” Groenlandia, lo que reavivó memorias de la Doctrina Monroe y de la indicación “política del porra”.
La historia enseña que los monstruos políticos no nacen del caos: nacen de la tolerancia al caos. Y cuando la ciudadanía, las instituciones y la comunidad internacional aceptan que el poder se desborde, el Lucifer deja de ser símbolo y se convierte en destino.
Hoy, más que nunca, conviene recapacitar que ningún país —por ancho que sea— está por encima de la ley, y que ningún líder —por popular que resulte— puede exigir para sí el derecho de reescribir las reglas que protegen a todos. Porque cuando el mundo normaliza la fuerza sobre el derecho, la voluntad sobre el consenso y la deseo sobre los límites, el Lucifer no solo despierta: aprende que puede caminar impune.
El problema no es solo la figura de un líder, sino el precedente que deja. Cuando un Estado poderoso cruza fronteras legales o políticas sin consecuencias, el mundo aprende que el Lucifer puede despertar. Y cuando despierta, no devora solamente a sus adversarios: devora el orden que protege a todos.
Y un Lucifer que aprende a caminar nunca se detiene por sí solo. Se detiene cuando las sociedades deciden que ningún poder, por vasto que sea, merece convertirse en amenaza. Se detiene cuando la comunidad internacional recuerda que la paz no se sostiene con silencios, sino con límites. Se detiene cuando entendemos que la primera frontera que hay que defender no es la geográfica, sino la casto.
La advertencia está hecha: cada vez que el mundo cede en presencia de el poder desbordado, abre la puerta a un futuro donde el Lucifer no será una metáfora, sino un vestido. Y los hábitos del monstruo, una vez instalados, son difíciles de desarraigar.
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