Entre la fe y la ciencia: dos mujeres que vencieron al cáncer sin perder la esperanza

El cáncer de mama no sólo ataca el cuerpo. Toca la fe, la mente y los sueños de quienes lo enfrentan. Pero hay historias en las que la enfermedad, en sitio de apagar la vida, la enciende con más fuerza.

Este es el caso de Ana Dominga Filpo y Ana Maritza Lugodos mujeres que, desde habitaciones distintas y trayectorias personales diferentes, comparten la misma triunfo: vencer al cáncer sin rendirse ni perder la alegría.

“Yo no iba a ir, pero el Espíritu Santo me iluminó”. Ana Dominga Filpo recuerda con voz serena el día que todo cambió. Fue una cita rutinaria en oncología para realizarse un simple Papanicolau.

“Yo no iba a ir”, dice. “Pero pedí al Espíritu Santo que me iluminara. Ese día llegué y cuando la doctora me examinó me dijo: ‘A ti te hicieron una histerectomía, tú no necesitas ese examen, pero ¿cuándo fue tu última mamografía?’”.

Aquel mueca médico, casi casual, salvó su vida. Los estudios revelaron poco inesperado: una sombra en su seno izquierdo. Vinieron las biopsias, las citas, la cirugía y una carrera contra el tiempo. Sin confiscación, Ana nunca perdió la calma ni la fe.

“Cuando uno recibe un dictamen así, hay quienes se deprimen”, confiesa. “Yo sólo le pedí al Señor: no me dejes perder mi alegría, tómalo todo en tus manos”.

Su operación fue exitosa. No necesitó quimioterapia ni radiación. “Gracias a Jehová, no sentí dolor. Cuando desperté de la cirugía, le dije a la enfermera que pensaba que todavía me iban a tratar”, recuerda entre risas.

Hoy, dos primaveras luego, Ana sigue asistiendo a sus citas médicas con puntualidad y sin miedo. “Yo no tengo hijos, vivo sola, pero tengo amigos, fe y vida. Lo que me mantiene viva es la fe en papá Jehová. El cáncer no me quitó carencia, me devolvió correspondencia”.

“No hay que tener miedo: la ventura y la paz no se me quitan”

La historia de Ana Maritza Lugo comenzó con otro tipo de intuición. Ella acudía religiosamente a su tocólogo cada año.

“Mi empleada me insistió que no dejara de hacerme la mamografía”, cuenta. “Fui por insistencia y el doctor me dijo que debía ver a un diestro de mama. Llamé a varios lugares, pero las citas eran para en el interior de meses. Entonces me mencionaron al INCART, llamé… y me atendieron de inmediato”.

En pocos días, la doctora Contreras, a quien describe como “una humana sin desperdicio”, confirmó el dictamen: cáncer de mama izquierdo con calcificaciones malignas.

En menos de tres meses ya estaba operada. No necesitó quimio ni radioterapia, solo la extirpación del seno y un implante reconstructivo.

“Fue todo rápido. No tuve tiempo ni de asustarme”, dice. “Yo gasté casi carencia, el hospital cubrió todo. Y lo demás… se lo dejé a Jehová”.

A sus 70 primaveras, Ana Maritza irradia serenidad. “Con todo lo que tengo, diabetes, hipertensión, salí adecuadamente. El miedo es el que no te deja avanzar”, afirma con firmeza.

Para ella, la secreto está en la conducta: “Cuando a uno le dicen que tiene cáncer, lo que hay que hacer es tratarse. No se puede proponer: ‘me voy a sucumbir’. No. Usted se va a tratar para seguir viviendo”.

El poder de la fe y la detección temprana

Ambas mujeres coinciden en un mensaje poderoso: el cáncer no es homólogo de homicidio. En sus palabras se mezclan ciencia y intelectual, dolor y esperanza. Ana Dominga agradece a su doctora “amorosa”, a su hermano que viajó desde Estados Unidos para cuidarla, y al Jehová que, asegura, nunca la dejó sola. Ana Maritza, en cambio, agradece a su hijo y a su prima, quienes la acompañaron en todo el proceso.

“Yo tengo dos hijos hermosos”, cuenta Maritza. “Uno morapio a la operación y se quedó conmigo. La otra quería venir desde fuera del país, pero le dije: ‘tranquila, todo va a estar adecuadamente’. Ese simpatía me dio fuerzas”.

Ambas insisten en la prevención: “Las mujeres deben hacerse sus chequeos, aunque no sientan carencia”, dice Ana Maritza. “Yo no tenía ni una cuenta, pero la mamografía lo detectó”.

Ana Dominga asiente en su afirmación: “Yo no sentía carencia. Fue una revisión de rutina. Si no llego a ir ese día, quizás no estaría aquí”.

Dos historias, dos nombres, un mismo fenómeno. Hoy, tanto Ana Dominga como Ana Maritza celebran la vida con correspondencia. No niegan el miedo ni el dolor, pero los transforman en esperanza.

“Lo que mata no es la enfermedad”, reflexiona Ana Dominga, “sino la depresión y el pensamiento pesimista”. “Exactamente”, añade Ana Maritza, “el miedo es lo que no te deja avanzar. Hay que ponerle color a la vida, aún en los momentos difíciles”. En ellas, la palabra “cáncer” no se pronuncia con miedo, sino con la certeza de haberle hato la batalla. Y cuando una mujer vence al cáncer, no sólo salva su vida: enciende una luz para todas las que aún caminan ese mismo camino.

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