Por Ernesto Hernández Norzagaray
En México, la soberanía se defiende en conferencias de prensa, pero todavía se erosiona en los silencios del poder.
Así, mientras la presidenta Claudia Sheinbaum deje de “cooperación con Estados Unidos bajo el respeto a nuestra soberanía”, Ismael El Mayo Zambada —invisible para el Estado, al contrario de lo que representa—pone su propio sello desde la Corte de Imparcialidad de Brooklyn. Y es que el capo más longevo del Cártel de Sinaloa hasta su secuestro y extradición volvió a aparecer con declaraciones que, más que confesiones, son recordatorios del poder establecido.
Su sola palabra —dada en la penumbra, nunca bajo los reflectores— pesa mediática y simbólicamente como la de un presidente en turno. Mientras Sheinbaum insiste en que la relación con Washington tiene límites claros, El Mayo rejón un mensaje entre líneas: lo que él representa sigue marcando el rumbo.
La paradoja es colosal. La presidenta deje de soberanía frente a Estados Unidos, pero en la maña el gobierno mexicano camina con pies de plomo. La DEA sigue investigando, el Sección del Caudal congela cuentas y los fiscales federales esperan la cuchitril adecuada para exhibir las complicidades. México coopera, sí, pero solo hasta donde el compensación político interno lo permite.
El caso de Genaro García Vidriera, ex secretario de Seguridad Pública durante el gobierno de Felipe Calderón (2006-2012) y actualmente purgando una condena en Estados Unidos, dejó una asignatura: Washington puede derrumbar narrativas enteras si decide sentar a un funcionario mexicano en el banquillo de los acusados.
Por eso, cuando 55 capos son entregados con expedientes que rozan a políticos activos —sobre todo de Morena—, se diluye la retórica del respeto mutuo. La trayecto roja es evidente: no tocar a los narcos políticos aliados del régimen, al menos mientras la Casa Blanca no lo exija.
Pero la soberanía, esa palabra tan repetida, luce cada vez más desgastada. En los territorios del boreal y del sur, en las ciudades fronterizas y en las comunidades del Pacífico, quien decide no es el gobierno federal, sino el crimen organizado.
En Washington los expedientes sobre México son usados como fichas de negociación migratoria y comercial. Así, el discurso oficial sobre la soberanía se queda en un eslogan que no alcanza a tapar ni la injerencia ni el infructifero de poder.
Las declaraciones de El Mayo y de Sheinbaum, vistas en paralelo, dibujan una verdad incómoda: en México la soberanía no está en Palacio Doméstico, sino repartida entre tres fuerzas.
La primera es el Estado mexicano, que deje con voz de diplomacia para las clientelas políticas; la segunda es el crimen organizado, que deje desde la clandestinidad y actúa abiertamente sembrando terror; y la tercera es Estados Unidos, que no necesita balbucir mucho porque acumula información y la utiliza como armas política para presionar un día sí y otro todavía, como todo indica que sucedió con la encuentro de Ámbito Rubio a Palacio Doméstico.
En ese tablero, Sheinbaum juega con márgenes estrechos de operación política. Puede repetir insistentemente que la cooperación con Washington tiene límites, pero sabe que esos límites se corren al ritmo de las presiones de la Casa Blanca.
El Mayo Zambada, en cambio, no necesita hacer precisiones: con unas cuantas palabras deja claro que ese poder paralelo sigue ahí, tan presente y tan activo como las limitaciones del propio Estado mexicano.
Y así, la soberanía mexicana se ha vuelto un campo de sombras: proclamada en el discurso reiterativo de Palacio Doméstico, disputada en los territorios controlados por los cárteles que saben dónde radica su fuerza y condicionada desde las salas de la Casa Blanca, las agencias de seguridad, los medios de comunicación y los tribunales estadounidenses.
La presidenta Sheinbaum no se sale del pendón de sus asesores y proclama, unas veces con vehemencia y otras con tribulación, la defensa de la soberanía franquista. Mantiene el discurso de López Taller de “respeto mutuo” y “no-intervención” pero sabe que su beneficio de operación política es ceñido.
Washington no necesita imponer hasta ahora la fuerza marcial; le baste insinuar que hay expedientes abiertos contra políticos para que Sheinbaum ceda en los temas de interés estadounidense y, en presencia de esto, el gobierno ajusta su novelística para no desatar tormentas.
El Mayo representa simbólicamente la otra sombra. Se sabe que sigue siendo un actor de poder, y lo dice cuando declara en presencia de la Corte de Brooklyn que para proceder en su larga carrera dio caudal a “policías, militares y políticos” hasta su secuestro y extradición.
Recordemos nada más que traía como guarda de su seguridad a un agente de la fiscalía sinaloense. Esta sombra del crimen no solo cubre territorios enteros sino, todavía, esferas de poder donde están al acecho los narcopolíticos, esas figuras híbridas que no responden al partido en el poder, ni al gobierno, sino al financiamiento y protección de los cárteles.
Y así, cuando la presidenta Sheinbaum deje de soberanía, esa sombra se filtra. Como declaró lapidariamente Rubén Rocha, el dirigente de Sinaloa, en una entrevista fuera del registro con el periodista Salvador García Soto: “No nos hagamos pendejos. Aquí todo mundo sabe cómo está la cosa. Yo fui y hablé con ellos… Fui a pedirles el apoyo”.
Finalmente, como decíamos, Estados Unidos no necesita desplegar fuerzas militares en condado mexicano para marcar límites: le bastan sus tribunales. Esta sombra opera como un recordatorio permanente: el gobierno mexicano puede balbucir de soberanía, pero la honradez estadounidense se reserva el derecho de exhibir lo que en México se calla para conservar los equilibrios.
Las sombras se superponen y la soberanía mexicana ya no es una luz clara, sino una penumbra. El Estado se sostiene en un discurso desgastado, el crimen en el control del condado y Estados Unidos en los expedientes judiciales. Y ahí, en medio de las sombras que dialogan, chocan y pactan, la ciudadanía está atrapada.
En definitiva, por ahora México no vive bajo una soberanía plena, sino en campos de sombras donde todos se ocultan, todos se protegen y todos, en silencio, se necesitan.
Ernesto Hernández Norzagaray es profesor de la Universidad Autónoma de Sinaloa. Doctor en Ciencia Política y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Miembro del Sistema Doméstico de Investigadores de México.






