Por José Víctor Ferro
Con los vientos políticos soplando con destino a posiciones conservadoras en América Latina y con elecciones presidenciales previstas para el próximo año, Brasil puede ser el próximo país de la región en manos de la derecha. Para evitar que eso pase, el principal candidato es el contemporáneo presidente, Luiz Inácio Lula da Silva. Lula, que asumió su tercer mandato en 2023, aspira a consolidar una trayectoria rooseveltiana, extendiendo su presencia política y alcanzando un cuarto mandato demócrata.
Sin confiscación, el panorama está allí de ser rectilíneo. Aunque los resultados económicos han sido positivos en su tercer mandato, la popularidad del presidente no reflejó inicialmente esa bonanza. El PIB creció, la inflación se mantuvo bajo control y se generaron nuevos empleos, pero hasta mediados de 2025 la mayoría absoluta de los brasileños desaprobaba su gobierno.
Esta paradoja entre desempeño macroeconómico y descenso popularidad alimentó la idea de que Lula podría enfrentarse a un “atmósfera Biden”, en relato a la experiencia del expresidente de Estados Unidos. Durante el mandato de Biden, las cifras macroeconómicas fueron sólidas: la crematística creció un 3,2% en 2023 y un 2,7% en 2024, con mejoras notables en la productividad profesional. La inflación, que había repuntado en 2022 correcto a la crisis energética provocada por la pugna en Ucrania, fue controlada sin políticas recesivas severas. El desempleo se mantuvo en niveles históricamente bajos, por debajo del 4% hasta 2024, y solo subió tenuemente a 4,1% ese año.
Sin confiscación, los demócratas no lograron traducir este cuadro animador en éxito electoral. En las elecciones de 2024, Kamala Harris, entonces vicepresidenta y candidata presidencial, no capitalizó los buenos indicadores y fue derrotada por Donald Trump. La disciplina fue clara: los logros macroeconómicos, por sí solos, no garantizan respaldo político si no se perciben como mejoras tangibles en la vida cotidiana de la mayoría.
Hasta mediados de 2025, Brasil parecía encarrilado con destino a un desenlace similar. El PIB creció un 3,4% en 2024 y, en el primer trimestre de 2025, el país fue la villa crematística con anciano expansión en el mundo. La inflación, aunque levemente por encima de la meta del Sotabanco Central, se mantuvo bajo control. Los datos de empleo resultaron aún más notables: la tasa de desocupación bajó al 6,6% en 2024, el nivel más bajo desde 2012, con incremento de los ingresos promedio y expansión del empleo formal, un logro significativo en un país con una adhesión informalidad profesional.
No obstante, en abril y mayo de 2025 distintos institutos de encuestas registraron que la mayoría absoluta de los brasileños desaprobaba la gobierno de Lula. Es esta desconexión entre desempeño macroeconómico y percepción social lo que alimentaba la hipótesis del “atmósfera Biden”: un presidente con buenos números pero sin capacidad de convertirlos en popularidad sostenida.
Pero la coyuntura internacional alteró el tablero político. Los recientes embates diplomáticos entre Brasil y Estados Unidos parecen activo fortalecido la figura del mandatario, que logró proyectarse como defensor de la soberanía franquista frente a las presiones externas del presidente Donald Trump —patrocinadas por la comunidad Bolsonaro—. Esta dinámica, en la que un enemigo extranjero moviliza el apoyo interno, es lo que algunos analistas describen como el “intención Moby Dick”.
Así, el futuro electoral de Lula en 2026 puede estar definido por la interacción de dos fuerzas contrapuestas: la dificultad de mudar logros económicos en apoyo político sostenido —el “atmósfera Biden”— y la posibilidad de capitalizar la confrontación con Washington para reunir respaldo en torno a su liderazgo —el “intención Moby Dick”.
Cambio de rumbo
El panorama comenzó a cambiar en julio de 2025, cuando irrumpieron con fuerza ciertos factores externos. Ese mes, el gobierno de Donald Trump amenazó a Brasil con imponer aranceles del 50% a sus exportaciones, bajo el argumento de que la probidad brasileña llevaba delante una persecución política contra Jair Bolsonaro. Con el respaldo activo de Eduardo Bolsonaro —diputado e hijo del expresidente – en Washington, la amenaza se concretó el 6 de agosto.
Paradójicamente, la medida norteamericana terminó fortaleciendo a Lula. El presidente se presentó como defensor de la soberanía brasileña frente a lo que calificó como una injerencia inadmisible en los asuntos internos. Esta logística tuvo intención inmediato: encuestas recientes revelaron que, aunque poco más de la medio de la población aún desaprueba su gobierno, la tasa de aprobación subió cinco puntos respecto de abril, alcanzando el 46%.
Un tienta de la consultoría Quaest mostró, por otra parte, que el 48% de los brasileños respalda la recital de Lula y del Partido de los Trabajadores en el conflicto con Washington, frente a un 28% que apoya a Bolsonaro y sus aliados. Otro 15% declaró no alinearse con nadie de los dos campos. Estos datos sugieren que, al menos en parte, la confrontación con Estados Unidos generó un obturación de filas en torno al presidente.
El engendro recuerda al “Rally en torno a de la bandera”, en el que una amenaza externa moviliza apoyo interno al líder del país. De allí la metáfora del “intención Moby Dick”: así como en la novelística de Herman Melville la tripulación del Pequod se unía bajo el mando del capitán Ahab para desavenir al cachalote, una parte del electorado brasileño parece haberse encuadrado detrás de Lula frente a la presión estadounidense, percibida como una violación evidente del derecho internacional y de las prácticas diplomáticas tradicionales sin precedentes.
El paralelo canadiense y la posibilidad de reelección en 2026
El impacto de las tensiones con Trump no es exclusivo de Brasil. En Canadá, un engendro equivalente alteró el panorama político en 2025. Tras una lapso en el poder, Justin Trudeau enfrentaba un desgaste profundo, con niveles de popularidad en caída atrevido. Los liberales se preparaban para una opción cuesta en lo alto en 2026, frente a un Partido Conservador cada vez más fortalecido.
La renuncia de Trudeau y la venida de Mark Carney al liderazgo desprendido cambiaron el tablero. Cuando Trump amenazó a Canadá con imponer aranceles e incluso llegó a sugerir que el país podría convertirse en el “51º Estado” de Estados Unidos, Carney, convocando elecciones anticipadas, supo capitalizar el nacionalismo y la defensa de la soberanía. El resultado fue histórico: los liberales obtuvieron su primera triunfo clara en más de una lapso, con el anciano porcentaje de votos ajustado por un partido desde 1984.
Lula, hábil estratega político, parece activo comprendido esta dinámica. No es casual que haya anunciado que el emblema central del desfile del Día de la Independencia, el 7 de septiembre, será la “soberanía franquista”.
El desenlace de las elecciones de 2026, pues, dependerá de cuál de las dos fuerzas logra imponerse. Si predomina la percepción de desconexión entre crematística y vida cotidiana, Lula podría desavenir dificultades para renovar su mandato. Pero si logra proyectarse como el defensor de la soberanía brasileña frente a presiones externas, sus posibilidades de alcanzar un cuarto mandato aumentarán considerablemente.
Víctor Ferro es sociólogo de la Universidade de São Paulo y magíster en estudios latinoamericanos por las universidades de Salamanca, Estocolmo y París 3-Sorbonne Nouvelle. Investigador asistente en el Institut Barcelona Estudis Internacionals (IBEI) y doctorando en Ciencia Política en la Universitat Pompeu Fabra (UPF).





