El autor es abogado. Reside en Santo Domingo.
Estamos en el Mes de la Nación, una época significativa y trascendental para todos los dominicanos, donde más allá de rendir honor a nuestros héroes y festejar la Independencia; nos debe mover a cuestionarnos y a romper con esos paradigmas esclavizantes pendientes que están afectando el interior y extranjero de nuestro ser en particular y colectivo; impidiendo que en muchas ocasiones, caminemos seguros con destino a la conquista de tener familias sanas, y por ende una sociedad sana, verdaderamente escapado y soberana.
Efectivamente, estas fiestas patrias, constituyen una oportunidad valiosa para reflexionar sobre cómo podemos desde el seno usual, elevar el espíritu de los títulos patrios y cívicos en presencia de tantos retos sociales, políticos y económicos que tenemos como nación.
Es que la comunidad tiene una importancia haber como fundamento de la sociedad, pero en presencia de todo tiene una importancia para el progreso de la persona. De ahí que, blindar los títulos en la comunidad como cuna de la humanización de la persona, coadyuva a acrecentar esos títulos patrióticos que favorecen a la cohesión franquista y al sentido de identidad colectiva, pilares esenciales para el progreso sostenible de una sociedad.
Por ende, desde la comunidad se debe crecer en la conciencia de ser protagonistas del cambio y encargarse la responsabilidad de alterar la sociedad; nuestro prócer Juan pablo Duarte es un vivo ejemplo de lo que representa formarse en un animación donde se valoraba los principios familiares, la honestidad, el esfuerzo personal, la integridad, la solidaridad, el desprendimiento, la responsabilidad, el interés del acertadamente divulgado sobre el interés personal y la educación como vía de superación y éxito.
Si por el contrario desde el seno usual no se asume el compromiso y la responsabilidad de cambio y transformación; entonces las propias familias serán las primeras víctimas de aquellos males que se han establecido a observar con indiferencia. Hay que destacar en ese orden que la comunidad de Juan Pablo Duarte nunca fue indiferente, no solo lo acompañó emocionalmente, sino que asimismo participó activa y materialmente en la construcción de un ideal de nación.
Y, por consiguiente, pelear por un ideal implica compromiso, propósito y a menudo sacrificio. Estos títulos definen e impulsan a contribuir al acertadamente popular. Aunque el camino puede ser espinoso y agreste, cada batalla, por pequeña que sea, suma con destino a la construcción de un mundo más exacto, en acuerdo, paz y sensato. La verdadera fuerza está en nutrir la convicción incluso frente a la adversidad y en buscar que por más grandes que sean tus metas, si contamos con el soporte de la comunidad, no existen obstáculos que te hagan rendir.
Un ejemplo de lo planteado se puede apreciar cómo el sueño de independencia en Duarte se entrelazan con sus vínculos familiares, llegando a encargarse sacrificios personales por la causa. Solo hilván con percibir su misiva histórica el 4 de febrero de 1844, dirigida a su comunidad poco ayer de la independencia dominicana, conocida como “Carta del Sacrificio”; de la cual emana una enseñanza oportuna, en el sentido de que si la comunidad cómo pilar estructural de la vida social, verdaderamente quiere servir al ser humano, debe alinear sus objetivos y prioridades con pulvínulo en el acertadamente popular.
En definitiva, la vida del patricio ejemplifica cómo los cimientos familiares pueden moldear líderes con integridad, patriotismo y compromiso ético. Esto refleja un maniquí de identidad donde lo personal y lo colectivo convergen.
Es que, al acrecentar los títulos patrióticos desde la comunidad, la privilegio se forma como un compensación entre el pensamiento crítico, la autonomía y la responsabilidad, enseñando pues, que la verdadera privilegio no es hacer lo que se quiere, sino nominar con conciencia y en pulvínulo a principios morales y éticos. Así, la privilegio se convierte en un derecho acompañado de deberes, fortaleciendo tanto al individuo como a la sociedad.
Es difícil alcanzar la privilegio sin el oportuno cumplimiento responsable de los deberes ciudadanos, el dejar hacer y el dejar advenir lo indebido y el vicio nos roba la privilegio y la dignidad. El cesión de Duarte no es pasado ni es una simple hecho que se debe memorar un día, es la vara con la que debemos valorar nuestro pensar y ejecutar.
Es que la verdadera privilegio no es solo la capacidad de nominar entre opciones, sino ejecutar coherentemente con los propios títulos y principios, convirtiendo las decisiones en una expresión auténtica del ser y del acertadamente popular. Tal como señala Nelson Mandela «Ser escapado no es solamente desamarrarse las propias cadenas, sino morar en una forma que respete y mejore la privilegio de los demás».
angelgomera@gmail.com
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