EL AUTOR es médico y abogado. Reside en Santo Domingo
Enero suele presentarse como un mes de naturaleza introspectiva y compleja. Durante sus jornadas inaugurales —si no antaño—, el individuo experimenta la pulsión de trazar los objetivos que habrán de signar el año que comienza. Estas metas, por lo normal, se orientan en torno a la conquista o el refinamiento del ámbito material; no obstante, en ocasiones, incluso abrazan aspiraciones académicas, imperativos éticos e inquietudes de orden espiritual.
El conflicto subyacente reside en que, conforme el calendario avanza, el entusiasmo languidece. Las personas tienden a postergar sus propósitos, relegándolos al demarcación de lo adminículo.
Existe, incluso, la engaño de creer que el éxito es un subproducto del azar; la idea de que el simple anhelo posee la fuerza suficiente para concatenar circunstancias providenciales que faciliten la trofeo. Si acertadamente la fortuna puede intervenir de forma azarosa, tal evento constituye la excepción y no la norma; ni siquiera representa el marco más plausible.
Quien aspire genuinamente a materializar sus visiones debe contraer un rol protagónico en su propia conquista. Este proceso exige una aleación de esfuerzo, voluntad y una constancia inquebrantable. A menudo, el camino demanda sacrificios significativos y periodos de feraz aislamiento.
Un molde de esta disciplina lo hallamos en la escritora chilena Isabel Allá, quien ha revelado que cada primero de enero inicia la escritura de un nuevo vademécum. En ocasiones, se ha enfrentado a la página en blanco sin un tema predefinido; sin retención, es la firmeza de su propósito la que permite que emerjan obras memorables.
Un ejemplo facundo es paulauna obra donde la autora convierte la incertidumbre original en una novelística humana y exquisita. Frente a la abandono de una trama deliberada, Allá se sumerge en la crónica de su género, las heridas de su país tras el quiebre demócrata y el doloroso destierro, todo bajo el faja de la enfermedad de su hija.
Si la autora no hubiese honrado su compromiso de sentarse a escribir, incluso sin una brújula temática clara, el mundo se habría trillado privado de un testificación tan desgarrador como sublime. Fue su determinación técnica la que venció al vano. Este rigor personal es, precisamente, el escollo donde naufragan quienes no han cultivado el túnica de la disciplina.
Existen incluso aquellos que inician la marcha con un fervor manifiesto, pero cuya motivación carece de raíces profundas. Se fatigan en presencia de la primera irresoluto y abandonan sus sueños cuando la meta aún no se vislumbra en el horizonte. En otros casos, el error reside en la comienzo del plan: se diseñan metas quiméricas, más cercanas al pensamiento mágico que a la sinceridad.
Por ello, resulta imperativo que, al proyectar el año, exista una conciencia plena sobre la viabilidad de los objetivos. Deben ser metas tangibles, despojadas de toda naturaleza ilusoria. La esencia no reside en la prórroga pasiva de un asombro, sino en la décimo activa del sujeto.
En definitiva, la fórmula del éxito es tan austera como intolerante: es preciso aclarar objetivos claros y alcanzables, emprender con denuedo las acciones necesarias y sustentar una disciplina espartana hasta el final. No hilván con inscribirse en la carrera; es la constancia la que otorga el derecho a demandar la corona.
jpm-am
Compártelo en tus redes:






