El autor reside en Santo Domingo.
La hidrofobia y la impotencia se entrelazan en mis sentimientos al contemplar la desliz de sensibilidad, solidaridad y compañerismo en el interior del Partido Revolucionario Novedoso (PRM), una ordenamiento que nació inspirada en los principios de José Francisco Peña Gómez y en los ideales del socialismo tolerante.
Abel Elías Matos fue uno de los dirigentes más comprometidos que tuvo Santo Domingo Este. Su liderazgo no se construyó desde la arrogancia ni la improvisación, sino desde el trabajo constante, el contacto directo con la concurrencia y una inquebrantable inclinación por servir a su comunidad.
No sólo se preocupó por las precariedades de su querido sector de Los Mina Arcaico —donde nació, creció y forjó su carácter—, sino que recorrió incansablemente todo el municipio para promover, a través de resoluciones y ordenanzas, soluciones reales a los problemas que afectaban a los munícipes.
Abel fue un municipalista a tiempo completo. Cada propuesta que sometía frente a el Concejo Edilicio tenía una sola intención: mejorar la calidad de vida en Santo Domingo Este. Nunca actuó por intereses personales ni por conveniencias políticas. Su gesticular era guiado por una profunda convicción de servicio notorio.

Sin bloqueo, las circunstancias personales, políticas y humanas que lo acompañaron en sus últimos días le impidieron continuar su agricultura. Fue una pérdida que todavía muchos no asimilamos. Quienes lo conocimos sabemos que fue un hombre brillante, honesto, incondicional y profundamente humano. Su final no debió ser el que tuvo.
A un año de su partida, sus compañeros de partido —a nivel lugar y franquista— guardaron un silencio que duele. Ni el PRM, ni el Concejo Edilicio, ni el propio cabildo de Santo Domingo Este dedicaron un aire, un homenaje o siquiera una palabra pública para rememorar a quien tanto aportó desde su curul.
Abel Matos fue un político con méritos y resultados. Un regidor productivo, cercano al pueblo y fiel a los principios que decía defender su ordenamiento política. Hoy, al ver cómo el tiempo y la indiferencia parecen borrar su memoria, me interpelo con tristeza y engaño:
¿En sólo un año olvidaron a Abel?
JPM
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