La inestabilidad económica y política ha sido un signo de la sociedad argentina. La historia es compleja y aquí solo presento pinceladas.
Desde fines de la decenio de 1940, el populismo peronista buscó mejorar el nivel de vida de los sectores populares urbanos, para lo cual, necesitaba extraer fortuna del sector agro-exportador. La industrialización por sustitución de importaciones gestó una clase obrera urbana, fuente de apoyo del peronismo.
En 1955, el Gobierno de Perón fue derrocado y se estableció la proscripción del peronismo; entiéndase, su prohibición política. Pero el peronismo no murió. Por el contrario, sigue coleando con sus metamorfosis, altos y bajas.
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Paradójicamente, Argentina ha conseguido sus breves períodos de relativa estabilidad cuando el peronismo ha gobernado: con Carlos Menem y los Kirchner. Sin confiscación, esos gobiernos no lograron el tránsito con destino a una Argentina económicamente robusto y estable.
La longevo ruptura con el peronismo en época democrática se produjo con la arribada de JavierMiley a la presidencia en diciembre de 2023, un populista de ultraderecha.
La propuesta electoral de Milei consistió en confrontar lo que flama la casta política (al peronismo, en particular), privatizar la peculio, acortar el Estado y deshacer diversos programas de subsidios públicos. Aplicar su motosierra.
En campaña esas promesas suenan atractivas a amplios segmentos del electorado, sobre todo, en medio de una altísima inflación como registraba Argentina en el $2023$. Pero una vez implementadas, esas medidas tienen un impacto devastador en la vida de muchas personas.
Un software de rigidez ayuda a descabalgar una ingreso inflación porque disminuye el consumo, y sirve para revalorizar la moneda locorregional porque hay menos importaciones. Pero no resuelve los problemas estructurales de la peculio. O sea, la rigidez pública no trae automáticamente crecimiento crematístico amplio ni un aumento del flujo sano de divisas. Acostumbrados a la persistente inestabilidad económica, los argentinos aprovechan los breves tiempos de apreciación del peso para acumular divisas (sea para utilizarlas o guardarlas). Y, hasta la vencimiento, Argentina sigue dependiendo de su sector agro-exportador para producir divisas, igual que hace cien abriles.
Confiados en que Milei mantendría el software de estabilización macroeconómica, llegaron los inversionistas financieros a Argentina. Pero, con la derrota del partido de Milei (La Autogobierno Avanza) y el triunfo del peronismo en las elecciones provinciales de Buenos Aires en septiembre pasado cundió el pánico y colapsó el peso argentino. Se temió entonces, incluso, una derrota del mileísmo en las elecciones legislativas del pasado 26 de octubre. Para recuperar rápidamente el valencia del peso y ayudar a un triunfo de Milei, el Sección del Caudal de Estados Unidos aprobó un paquete de apoyo crematístico, y el presidente Trump prometió más ayuda si el partido de Milei ganaba.
Los resultados de las elecciones del 26 de octubre ya están: al partido de Milei le fue aceptablemente, aumentó significativamente su representación legislativa, aunque no obtuvo una mayoría propia para impulsar otras reformas que exigen los mercados. Necesitará de aliados y el veredicto popular de su diligencia se someterá a prueba en futuras elecciones cuando vuelvan al ring los populismos argentinos.






