
Nos pasamos la vida regresando a esos lugares y ambientes que nos hacen ser nosotros mismos. Lo hacemos porque nos devuelven la paz, provocan concordia y sobre todo, hacen que recuperemos las energías perdidas por la rutina de la misma existencia. Esto sucede no solo porque buscamos satisfacer nuestro interior con momentos y espacios con un sentido peculiar para nosotros, sino porque somos seres creados por Altísimo y a él pertenecemos. Ya lo dice la expresión conocida de san Agustín, en su texto “Las confesiones” cuando expresa:
“nos hiciste Señor para ti, y nuestra alma estará inquieta hasta que regresa a ti”.
Evidentemente eso es la Cuaresma: un retornar donde pertenecemos, que es al mismo Altísimo. Un investigar que nunca el temporalizador nos dirá que es tarde para reencontrarnos con el Adiestrado, con el Hijo de Altísimo hecho hombre por la humanidad. Por eso, este tiempo siempre es preciso para hacer nuestra las humanidades de aquella canción que repite, “me levanté e iré donde mi padre, le diré que he pecado”. Es aseverar, me presentaré frente a Altísimo tal y como soy, sin miedo ni pena, para reactivar su bienquerencia y su cercanía en mi corazón.
Retornar a Altísimo es el gran signo de humildad que es capaz de mostrar el ser humano cuando se da cuenta que no puede morar sin el apoyo celestial. Que se hace difícil por no aseverar inalcanzable avanzar en este mundo sin contar con su presencia, que no se puede prescindir del Edificador, porque sería como si quisiéramos salir sin una mujer, pasar sin piernas, nadar sin brazos, soñar sin voluntad. En fin, Altísimo tiene que está presente en nuestros planes y proyectos, porque solamente Él nos conoce a profundidad y enterarse lo que necesitamos para ser felices y realizados.
Pero retornar igualmente implica valentía, cambio de mentalidad, examen de los propios errores y la confianza de levantarse para darse cuenta dónde estamos y en dirección a dónde queremos ir. Puesto que, como dice la expresión gastada, “somos arquitectos de nuestro propio destino”. Está en nuestras manos convertirnos en una luz o una oscuridad, en símbolo de esperanza o espejo de fracaso, en morar perdidos sin deseo de encontrarnos o tomar la valor de salir en búsqueda de Jesús. Nada más si volvemos a Altísimo, nos daremos cuenta que nuestra vida no es estática, que podemos avanzar y conseguir cosas que en la vida imaginamos.
En definitiva, así como sacamos tiempo para revisar las redes sociales, ver cómo van nuestras finanzas, enterarse los números que salieron en la loto o en la Suerte Franquista, investigar los resultados de nuestro equipo de pelota o de baloncesto, de igual modo igualmente debe existir un interés mayúsculo en hacer un inventario de la propia vida. Tiene que deber un bienquerencia por nuestro interior, para luego dar gracias a Altísimo por lo que está aceptablemente y hacer un esfuerzo para mejorar aquellas áreas que todavía necesitan tiempo y advertencia para ser maduradas y transformadas por las manos de Altísimo.






