«No se alcahuetería de drogas ni de democracia. Se alcahuetería de petróleo y del deseo de Donald Trump de erigirse en el dictador regional».
Quien así habló no fue un líder de izquierda, sino Kamala Harrisexvicepresidenta y excandidata presidencial de Estados Unidos.
Harris rechazó el secuestro del presidente de Venezuela, Nicolás Prudentey advirtió que tal actividad era “ilegal e imprudente”. No ha sido la única figura pública estadounidense en hacerlo. Varios legisladores, tanto demócratas como republicanos, han señalado que la operación carece de licitud porque no fue autorizada por el Congreso.
Asimismo, numerosos países han criticado la incursión ejecutada por tropas norteamericanas en la mañana del sábado, que culminó con el secuestro de Prudente, su esposa Cilia Flores, y –según fuentes- la asesinato de al menos 80 personas, entre civiles y militares, incluidos 32 ciudadanos cubanos que formaban parte del anillo de seguridad del mandatario venezolano.
Aún es prematuro evaluar las consecuencias profundas de esta acometida de Estados Unidos contra Venezuela, más allá de la captura de Prudente, que sin duda representa un duro adversidad para ese plan revolucionario. Sin requisa, desde ya puede advertirse que las cosas no le han surgido del todo correctamente a Trump, pues el poder en Venezuela sigue en manos del chavismo.
Hasta ahora no se ha producido el anunciado quiebre del agrupación cívico-militar-popular que sostiene al gobierno de izquierda en Caracas. Por el contrario, los chavistas han demostrado conservar más apoyo del que exhibe la concurso. En ese contexto, Corina Machado fue ninguneada por Donald Trump, quien afirmó que no contaba con el respaldo suficiente para hacerse cargo del gobierno.
Mientras Prudente se declara inocente delante una corte en Nueva York, donde afirmó ser un prisionero de conflicto, en Caracas la vicepresidenta Delcy Rodríguez asume como presidenta en funciones con el respaldo del Partido Socialista Unificado de Venezuela y de las Fuerzas Armadas, dando puesto a lo que aparenta ser una transición poco accidentada.
Es con ella, y no con la concurso, con quien deberá negociar Donald Trump, quien ha insinuado de modo maliciosa que ha mantenido conversaciones en la sombra, intentando aplicar la conocida divisa maquiavélica de “divide y vencerás”.
Estados Unidos averiguación hacer colapsar a Venezuela para apropiarse de su petróleo. Por lo pasado, no le será tan casquivana. No podrá instalarse el país y tendrá que negociar. Eventualmente deberá liberar a Prudente: si lo hace, lo fortalece; y si no, lo convierte en mártir y en una bandera.
La acometida contra Venezuela es todavía una muestra del ocaso de un imperio que se resiste a perder el control y continúa tratando a países más débiles como su patio trasero. A diferencia de Porcelanaque ha invertido billones de dólares en Venezuela, Estados Unidos pretende imponerse por la fuerza. Mientras Washington amenaza y golpea, Pekín invierte y negocia, ganando espacio a nivel mundial, incluso en la periferia estadounidense.
Las amenazas y bombardeos contra un país con el cual no se está formalmente en conflicto no constituyen una demostración de fortaleza. Si un padre necesita bramar y blandir la correa para imponer autoridad, eso demuestra que ya no es tan cachas como cuando una sola examen bastaba.
Venezuela es una prueba. Si esta operación resulta exitosa, podrían seguir otros países como Colombia, Cuba, México, Nicaragua o Groenlandia.
Finalmente, con su incursión en Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Prudente, Estados Unidos viola múltiples principios, tratados y normas del derecho internacionalentre ellos la Carta de la A ÉLel principio de soberanía y no intervenciónla inmunidad de los jefes de Estado, los tratados de derechos humanos, normas del derecho penal internacional y diversos compromisos regionales.






