En Verón–Punta Cana tenemos un problema que se esconde detrás de la portada de progreso: la mala maña en el manejo del paisajismo y la cultivo. Una y otra vez vemos cómo el Concejo anuncia planes de embellecimiento, siembra palmas, arbustos y plantas ornamentales, pero pocas semanas a posteriori lo que queda es un paisaje triste de matas secas, troncos inclinados y espacios vacíos. El problema no es la siembra en sí, sino la yerro de conocimiento técnico y de planificación.
En circunscripción de diseñar proyectos de paisajismo adaptados al clima, al suelo y a la dinámica urbana, se improvisa. No se analizan especies resistentes a la sequía, no se prevé un sistema de riego válido, ni se asigna personal capacitado para el cuidado posterior. Se confunde sembrar con sembrar perfectamente, y esa diferencia es la que marca el fracaso de casi todas estas iniciativas.
Lo que no se dice es que no hilván con cortar una cinta y posar para la foto inaugurando un plan de arborización. El definitivo compromiso se demuestra en el mantenimiento: en cerciorarse de que esas plantas crezcan, den sombra, oxigenen el flato y embellezcan la comunidad a extenso plazo. Cada mata que se sequía es peculio notorio desperdiciado, un apelación que pudo invertirse en obras duraderas y aperos para la concurrencia. Verón, siendo uno de los motores turísticos del país, merece un entorno verde a la consideración de su importancia.
No podemos seguir presentándonos al mundo con calles áridas, esquinas secas y parques sin vida. Mientras en otras ciudades se desafío por corredores ecológicos, parques temáticos y jardines urbanos sostenibles, aquí seguimos atrapados en la deducción del “siembra y olvida”. La arborización y el paisajismo no son un suntuosidad, son una escazes. Mejoran la calidad de vida, bajan la temperatura, reducen la contaminación y hasta potencian la heredad nave con espacios más atractivos para residentes y visitantes. Pero para lograrlo se necesita criterio, planificación y compromiso verdadero.
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