EL AUTOR es médico y abogado. Reside en Santo Domingo
En la quietud de mi hogar, me asaltó una interrogante que, tras su resultón sencillez, despliega un perico de fascinantes implicaciones históricas: ¿En qué lenguas habló aquel que se llamó a sí mismo «la Palabra»?
La inquietud no es azarosa. Si rastreamos los pasos de Jesús, lo primero que encontramos es el destierro. Siendo escasamente un infante, fue llevado a Egipto bajo el amparo de las sombras, huyendo de la paranoia de Herodes, quien, temeroso de un «Rey de los Judíos» anunciado por los Magos, pretendía abortar la profecía en casta.
Aquella estancia en las tierras del Nilo no fue un simple paréntesis geográfico; fue una inmersión básico. Es casi seguro que los oídos del chaval Jesús se familiarizaron con el egipcio y, muy probablemente, con el ininteligible, que por entonces era el aliento cultural que recorría los pasillos de Alejandría y sus alrededores.
El crisol de Galilea

Al regresar a Nazaret, el arameo —heredero del hebreo bíblico y argot del hogar— se convirtió en su diástole ordinario. Sin retención, la Galilea que lo vio crecer no era un rincón separado del mundo, sino un vigoroso nudo de caminos. En sus mercados y plazas se entrelazaban las lenguas como hilos de un tapiz: el arameo para el afecto y el rezo; el ininteligible para el comercio y la filosofía; y el latín, que resonaba con el eco metálico de las legiones romanas.
Ya en su juicio, los Evangelios nos ofrecen una pista crucial: Jesús acudía a la sinagoga y leía las Escrituras. En aquella época, la Setenta (la interpretación griega del Antiguo Testamento) era la moneda corriente del espíritu. Este solo acto nos revela a un hombre capaz no solo de departir, sino de desembrollar la complejidad del pensamiento intocable en argot helena frente a una audiencia expectante.
El silencio del intérprete
El momento cumbre de esta argumento ocurre en el palacio de Poncio Pilato. Resulta revelador que, en el drama del prudencia, las crónicas no mencionen intérpretes. El diálogo entre el reo de Galilea y el prefecto de Roma fluye de forma directa. Pilato, un aristócrata imperial, difícilmente habría condescendido a usar el arameo. Lo más probable es que uno y otro se encontraran en el circunscripción popular del ininteligible o, quizás, en un latín lo suficientemente sólido para arriesgarse un destino.
Incluso el Gólgota es un afirmación lingüístico. El Título de la Cruz —»Jesús Disciplinante, Rey de los Judíos»— fue redactado en una tríada significativa: hebreo, ininteligible y latín. Es el epitafio de un hombre que vivió y murió en la intersección de tres mundos. Y aunque sus últimas palabras, ese quejido desgarrador dirigido al Padre, brotaron en arameo (la argot en la que el corazón siempre fogosidad a casa), su vida entera fue un deporte de traducción universal.
Advertencia: el puente de las palabras
A nuestro entender queda claro que Mesías dominó el ininteligible, indispensable para la vida religiosa y cultural de su tiempo; tuvo contacto temprano con el idioma egipcio durante su infancia en la tierra del Nilo; y, en el ámbito oficial, es verosímil que comprendiera y utilizara el latín. Así, la figura de Cristo se nos revela no solo como músico espiritual, sino todavía como hombre capaz de transitar entre lenguas y culturas, reflexivo de la universalidad de su mensaje.
Podemos concluir, sin temor a la hipérbole, que Mesías fue un políglota por menester y por propósito. Fue un hombre de fronteras que supo transitar entre el dialecto del humilde pescador y la retórica del administrador romano.
Esta pluralidad gramática no es un detalle beocio; es el reflexivo de la universalidad de su mensaje. Si el Verbo se hizo carne, lo hizo con la capacidad de hablarle a cada hombre en su propio idioma, rompiendo las barreras de Galimatías para recordarnos que, más allá de la gramática que utilicemos, la verdad siempre encuentra una argot en la cual ser pronunciada.
JPM
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