@abrilpenaabreu
Hay revoluciones que no hacen ruido, pero transforman los cimientos de una sociedad. Una de ellas se está gestando en República Dominicana: la revolución del cuidado.
Durante décadas, el trabajo de cuidar —a niños, enfermos, personas mayores o con discapacidad— fue conocido como un acto natural, afeminado y sin cargo. No aparecía en las estadísticas, no generaba cotización ni refrigerio, y mucho menos inspección social. Era una tarea indispensable, pero invisible.
Hoy, esa sinceridad empieza a cambiar.
Con el Piloto de Comunidades de Cuidado, iniciado en 2022 por el software Supérate, el país ha comenzado a construir las bases de un Sistema Franquista de Cuidados, una política pública que combina empleo digno, probidad de artículos y incremento humano.
Y no es un esquema más: es la posibilidad de redefinir el anuencia social dominicano sobre quién cuida, quién es cuidado y quién asume la responsabilidad colectiva de sostener la vida.
En tan pronto como tres abriles, más de 2,000 personas han sido formadas en programas de cuidado y atención, y 273 ya están habilitadas por el CONAPE. La gran mayoría son mujeres, pero incluso se han sumado hombres. Sus historias hablan de independencia económica, orgullo y dignificación. Ya no son “ayudantes”, son profesionales del cuidado, con salario, beneficios y inspección. El Estado les paga, y pronto lo harán las empresas, hospitales y hogares que comprendan que cuidar no es caridad, es trabajo.
El proceso ha sido coordinado por la Mesa Intersectorial de Cuidados, que reúne a merienda instituciones del Estado —desde el Empleo de la Mujer hasta el INFOTEP, el MEPyD y el CONANI— bajo una visión popular: rastrear el cuidado como derecho humano y motor del incremento. Y no se comercio de un discurso. En Azua y Santo Domingo Este ya operan redes locales de cuidado, planes municipales, centros de día y servicios domiciliarios que alivian la carga de cientos de familias.
En paralelo, la flamante jerarquía de la segunda cohorte de cuidadoras, con apoyo del Faja Interamericano de Incremento, mostró que la “peculio del cuidado” no es teoría: es empleo, ingreso y dignidad para quienes ayer cargaban solas con una tarea socialmente vitalista. El Primer Diálogo Internacional sobre Políticas de Cuidado y Equidad, celebrado con la billete de Marisol Touraine, exministra de Lozanía de Francia, colocó a República Dominicana en el atlas regional de los países que empiezan a mirar el cuidado como lo que es: infraestructura social.
Porque cuidar no solo tiene rostro de mujer; incluso tiene impacto crematístico. Cada hora que una mujer dedica al cuidado no remunerado es una hora que el país pierde en productividad, innovación o educación. Por eso, profesionalizar el cuidado no es un visaje feminista —aunque lo es incluso—: es una política de Estado con retorno crematístico y social.
Pero el desafío que viene es viejo: consolidar este sistema, respaldar su sostenibilidad más allá de los ciclos políticos y expandirlo con destino a todo el circunscripción franquista. De cero serviría formar cuidadoras si no se mantiene un presupuesto estable, si los municipios no asumen su rol o si la sociedad no interioriza que cuidar es una tarea compartida, no delegada.
El cuidado, en el fondo, es la medida de nuestra humanidad.
Y cuando un país aprende a cuidar —de sus niños, de sus mayores, de sus más frágiles—, empieza a cicatrizar incluso sus propias desigualdades.
República Dominicana está dando ese paso. Tardo, pero firme.
Silencioso, pero profundo. Y cuando la historia mire con destino a detrás, quizás descubra que la verdadera transformación no empezó en el Congreso, sino en un cátedra donde una mujer aprendió que cuidar incluso era su derecho.






