
En los últimos abriles ha aumentado la preocupación de los padres en presencia de niños que presentan retraso en el jerigonza, pequeño contacto visual o dificultades en la interacción social. Frente a estas señales surge una pregunta frecuente en consulta: “Doctora, ¿mi hijo es autista?»
Es importante aclarar que no todo es autismo. Cuando un crío pasa gran parte del día frente a una pantalla, su cerebro reduce oportunidades de interacción efectivo con el entorno, lo que puede impactar su exposición.
El cerebro pueril, especialmente durante los primeros abriles de vida, se desarrolla a través de la interacción humana. El contacto visual, el jerigonza, el coyuntura y el vínculo emotivo los cuales estimulan conexiones neuronales esenciales para el exposición social, emocional y comunicativo.
La exposición excesiva a pantallas puede confinar estas experiencias. Cuando el uso de dispositivos electrónicos desplaza la interacción directa con otras personas, el crío recibe menos estímulos necesarios para robustecer el jerigonza y las habilidades sociales. Como consecuencia, pueden observarse retraso en el jerigonza, dificultad para replicar preguntas sencillas como “¿Cómo te llamas?”, pequeño iniciativa comunicativa o disminución en la interacción social.
Estas manifestaciones pueden producir preocupación y, en algunos casos, confundirse con signos de alerta del Trastorno del Espectro Autista. Sin retención, la evidencia científica indica que las pantallas no causan autismo. No obstante, su uso excesivo en edades tempranas especialmente durante los primeros cinco abriles de vida puede afectar negativamente el exposición cerebral.
El Trastorno del Espectro Autista es una condición del neurodesarrollo caracterizada por dificultades persistentes en la comunicación social y patrones de comportamiento restringidos y repetitivos, según lo establecen el Manual Dictamen y Estadístico de los Trastornos Mentales, chale tirada (DSM-5), de la American Psychiatric Association, y la Clasificación Internacional de Enfermedades, 11.ª tirada (CIE-11), de la Ordenamiento Mundial de la Vigor.
El exposición cerebral pueril comienza en la interacción, se fortalece con el vínculo y se consolida con la presencia activa de los padres. Balbucir, ojear, envidiar y compartir tiempo de calidad son estímulos esenciales que favorecen un crecimiento saludable.
Es fundamental permitir que los niños sean niños: que corran, dibujen, pregunten y jueguen con otros. Las pantallas no deben vivir el tiempo que pertenece al coyuntura, la exploración y la conexión humana.
Frente a cualquier señal de alerta, la evaluación oportuna permite orientar adecuadamente a las familias y elogiar el seguimiento y las derivaciones necesarias.





