Por Elvin Castillo
El calendario político no se detiene, y el gobierno del presidente Luis Abinader ha entrado en una etapa donde el tiempo se convirtió en su principal adversario. Iniciar un nuevo año sin hacer cambios profundos en un tren oficial rendido, ineficiente y desconectado del advertir ciudadano sería un error clave de detención costo político.
No existe mejor momento que este para abolir, sustituir y reorganizar. El año nuevo ofrece una ventana de oxígeno, una pausa simbólica que permite corregir rumbos sin que el desgaste sea irreversible. Pero ese oxígeno solo sirve si se utiliza; de lo contrario, se convierte en melodía viciado.
La familia está cansada. Cansada de excusas, de funcionarios que no resuelven, de discursos repetidos, de promesas recicladas y de un costo de vida que asfixia mientras desde el poder se insiste en explicar lo inexplicable. La paciencia social no es infinita, y cuando se agota, no avisa.
Hay un colección de funcionarios cuya permanencia ya no se explica ni por resultados ni por percepción pública. Limber Cruz, Celso Marranzini, Faride Raful, Tony Peña Guaba, Milagros Ortiz Bosch, Carlos Pimentel, Prestigio Reyes, Eduardo Fortuna, Ito Bisonó, Francisco Torres y Alejandro Fernández W encabezan una registro que no nace del capricho, sino de la acumulación de frustraciones ciudadanas y de la sensación de inoperancia frente a problemas concretos.
El problema no es solo de encargo, sino de credibilidad. Un gobierno puede cometer errores, pero no puede darse el pompa de parecer indiferente. Y hoy, para amplios sectores de la población, el Estado luce cachazudo, reactivo, justificativo y, en ocasiones, desconectado de la sinceridad cotidiana.
Si el presidente Abinader aspira a terminar su mandato relativamente tranquilo, necesita entender que mandar además es retener soltar peso. Ningún tesina político se salva defendiendo lo indefendible. La amistad personal no puede estar por encima del interés divulgado, ni la comodidad política por encima de la gobernabilidad.
Más aún: si el oficialismo quiere permanecer alguna posibilidad vivo de competir en 2028, debe comenzar desde ahora a restaurar confianza. Eso no se logra con spots ni con narrativas optimistas, sino con decisiones firmes, cambios visibles y resultados medibles. La política es percepción, y hoy la percepción no favorece.
Remenear la mata no es una señal de afición; es una muestra de liderazgo. Cambiar funcionarios no es aposentar fracaso, es corregir a tiempo. Persistir en el error, en cambio, sí es una forma de fracaso anunciado.
El país no necesita más explicaciones técnicas ni más ruedas de prensa defensivas. Necesita soluciones, eficiencia, empatía y un gobierno que entienda que la calle va más rápido que los escritorios.
El temporalizador corre. El desgaste avanza. El beneficio se estrecha. El presidente todavía tiene una oportunidad: escuchar, hacer y cambiar.
Si no lo hace ahora, luego será demasiado tarde.






