Durante el discurrir del periodo que va desde la segunda pugna mundial, hasta el inicio de la intervención rusa en Ucrania, Europa fue para los EE. UU. el pared de contención para detener cualquier la expansión territorial en ese continente de la ex Unión Soviética, a pesar de que los límites territoriales de aquella estaban claramente pactados y establecidos en la repartición de las esferas de influencia entre Stalin y las potencias occidentales.
Desaparecida la ex URSS, de hecho, desaparece ese pared, aunque no cambió para las potencias europeas su condición de protegidas de los EE. UU. Pero la pugna en Ucrania y el inicio al poder de Trump y su asociación lo cambia todo, y con ello las relaciones de ese país con el mundo, un cambio que de alguna modo nos impacta como país.
Puede adivinar: Una intervención urbana en esencia regional
Las viejas relaciones del presente presidente de los EE. UU. con Putin, independientemente de lo imprevistas y díscolas que puedan ser, descolocan a una Europa que fuera ayer punto de narración de estabilidad y de democracia política, hoy está prácticamente sin liderazgo, acosada por la extrema derecha y sin quien fuera su serafín protector durante décadas. Pero no es sólo ese continente el que averiguación seguridad en este mundo sin reglas claras en que vivimos hoy, sino que incluso diversos países y fuerzas políticas en todos los continentes buscan una colocación estratégica. Se crean algunos agrupamientos de países para la defensa de su zona de influencia o del multilateralismo como sombrilla protectora de la soberanía.,.
Muchos jefes políticos y de estados de esta región manifiestan su deseo de dispositivo en defensa de la soberanía de los estados. Lo mismo, de diversas formas, sucede en Asia y África. Y es que la idea de que un país y específicamente un gobernador se arroje la prerrogativa de dictarle al mundo sus opiniones/obsesiones es contrario al principio de tolerancia, respeto a reglas de convivencia pacífica entre países e individuos independiente de las diferencias que se puedan tener. En este mundo en que el odio, ese tóxico que corroe el alma de las naciones y que algunos gobiernos lo utilizan como política de estado contra determinados grupos humanos, hay conocer.
Quizás, la razón de esta sinrazón, separado de determinadas coincidencias, podría encontrarse en que se ha creído que la única modo de resolver el tema de nuestro país vecino, el único que tenemos, es la mano de EE. UU.
El cálculo porque esta, como otras promesas, puede que se la lleve el derrota o el humor del día del presidente de ese país. Por otra parte, porque el costo ético y político en los planos nacionales e internacional tiende a convertirse en un irremediable pasivo, en un pesado talego/dote. Hay manifestaciones concretas de este aserto, se evidencia en determinadas expresiones de jefes de estado que manifiestan disgusto con nuestro país, en un tono inusualmente ríspido.
En Europa y en esta región, las corrientes socialdemócratas tienden a unirse para proteger la soberanía de sus países, sobre la colchoneta de los principios de esa corriente política, y aquí el gobierno de un partido de esa corriente hace lo inverso. Toma el tren errado. Una caridad.






