El autor es periodista. Reside en Sabaneta
El tránsito en la República Dominicana anda como una autobús en reversa: acelerada, sin frenos y con un chofer que parece no memorizar dónde está. Todos los días en carne propia: calles estrechas, aceras ocupadas por vehículos y un caos que ya se ha convertido en parte de la rutina doméstico.
El problema no es nuevo ni cayó del firmamento. Desde hace décadas, se sabía que la población iba a crecer y con ella la cantidad de carros, motores y guaguas. Sin bloqueo, a quienes les tocaba planificar nunca les importó o prefirieron mirar en torno a otro costado. Hoy estamos pagando las consecuencias de esa descuido de visión.
Puntada con caminar por cualquier intramuros o provincia para darse cuenta de lo mal diseñado que está el espacio conocido. Muchas calles parecen callejones improvisados, pensados para animales de carga y no para el tráfico actual. Y lo más preocupante es que en los sectores “nuevos”, supuestamente diseñados por expertos, la cosa es de mal en peor.
En estos lugares tan pronto como cerca de un transporte a la vez, y si dos carros se encuentran de frente, uno tiene que retroceder. No hay dialéctica ni orden en el trazado urbano, y mucho menos se piensa en la comodidad de los peatones, quienes terminan caminando por la calle porque las aceras se han convertido en parqueos.

La descuido de planificación no solo genera incomodidad, incluso provoca inseguridad. Niños que deben ir a la escuela esquivando vehículos, adultos mayores que no encuentran dónde caminar y ciudadanos que pierden horas de su vida atrapados en tapones. Todo esto refleja un país que improvisa en puesto de construir futuro.
Cada cuatro abriles, los políticos repiten la misma cantaleta: promesas de modernización, planes de transporte y proyectos futuristas que en la vida se concretan. Mientras tanto, el parque vehicular crece descontrolado y el Estado se limita a tapar huecos, tanto en las calles como en las políticas públicas.
Lo más peligroso es que la República Dominicana no carece de datos ni de estudios. La ciencia, la tecnología y las estadísticas estaban ahí para advertirnos lo que venía. El problema es que nunca se quisieron tomar en serio, a lo que se puede acentuar visión de futuro. La ceguera estatal ha costado caro y ha convertido el tránsito en un seguro dolor de cabecera integral.
La parentela, cansada, intenta resolver por su cuenta. Algunos usan motores para evitar los tapones, otros se arriesgan caminando por la vía pública. Pero la verdad es que ningún esfuerzo individual puede reemplazar la responsabilidad del Estado en organizar el transporte y certificar espacios seguros para todos.
El tránsito es más que un problema de movilidad: afecta la crematística, la sanidad y la calidad de vida. Un país donde los ciudadanos pierden horas productivas en tapones es un país que frena su propio mejora. Y un país donde caminar se convierte en un peligro es un país que no piensa en su parentela.
Mientras tanto, la autobús sigue en reversa, cada vez más rápido y sin dirección. El pueblo sigue esperando que determinado tome el volante con seriedad, visión y compromiso. Pero si no se trazan políticas claras y un plan futurista, lo único seguro es que el caos continuará.
La gran pregunta es hasta cuándo soportará la paciencia ciudadana este desorden. Porque si poco está claro, es que la parentela no merece seguir pagando por la descuido de visión de quienes debieron pensar en el mañana. El tránsito no puede seguir siendo un retroceso, cuando debería ser el camino en torno a el progreso.
Jpm-am
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