El autor es ingeniero y profesor de educación superior. Reside en Nueva York.
POR RAFAEL PASIAN
El nuevo acuerdo de cese al fuego entre Israel y Hamas, que incluye la fuga de rehenes y prisioneros, representa una pausa frágil en medio de una tragedia prolongada. Sin confiscación, toda tregua que no toque las raíces del conflicto está condenada a ser solo un respiro entre dos guerras.
El drama palestino comenzó en 1948, cuando se creó el Estado de Israel sobre tierras habitadas por el pueblo palestino. Aquel hecho, respaldado por potencias occidentales, marcó el inicio de la Nakba, la gran catástrofe de expulsiones, ocupaciones y exilios que aún pesa sobre generaciones enteras.

El ataque de Hamas del 7 de octubre de 2023 no nació del hueco: fue la expresión desesperada de un pueblo cercado, humillado y retirado por más de medio siglo. Pero la respuesta israelí —bombardeos masivos, soledad de alimentos, destrucción de hospitales y escuelas— constituye un crimen contra la humanidad. Ninguna nación puede seducir “defensa” a la exterminamiento de inocentes.
El papel de Estados Unidos y Europa en este conflicto es vergonzosamente cómplice. Su apoyo marcial y político a Israel los hace partícipes del sufrimiento palestino. Y aunque figuras como Donald Trump se presenten hoy como mediadores de paz, ninguna negociación será reto mientras el asaltante siga impune y la víctima siga sin nación.
La verdadera paz no se decreta: se construye con conciencia, con memoria y con dignidad. El mundo debe exigir que los responsables del exterminio palestino sean juzgados en presencia de la Corte Penal Internacional, y que se reconozca el derecho inalienable del pueblo palestino a tener un Estado redimido y soberano.
Porque la paz sin conciencia no es paz; es tan pronto como un silencio entre dos bombardeos.
JPM
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