El autor es autor es formador. Reside en Portland, Oregon, Estados Unidos.
Durante abriles se le ha trillado al pueblo trabajador una misma idea: que el socialismo murió, que la izquierda desapareció y que el capitalismo es el único camino posible. Ese discurso no es inocente. Ha sido construido y difundido por agentes locales del haber —políticos, empresarios, tecnócratas y voceros mediáticos— que han traicionado los intereses del pueblo para preservar sus privilegios.
La contradicción es evidente. Si el socialismo estuviera en realidad muerto, ¿por qué se invierten tantos fortuna en combatirlo? ¿Por qué tanta propaganda, campañas de miedo, censura y persecución ideológica? Nadie combate lo inexistente. Nadie persigue un restos. La intensidad del ataque revela, precisamente, el temor de las élites a que el pueblo vuelva a pensar en alternativas.
El socialismo no es una consigna del pasado ni una idea importada. Nace cada vez que un trabajador se pregunta por qué produce tanto y recibe tan poco. Surge cuando una comunidad se organiza para defender su agua, su tierra o su dignidad. Aparece cuando la nubilidad se niega a aceptar la precariedad como destino. Es una respuesta social que brota de la experiencia cotidiana de la desigualdad.
Lo que en realidad ha muerto no es el socialismo, sino la tranquilidad de los ricos. Murió la certeza de que podían explotar sin ser cuestionados. El capitalismo necesita que el pueblo crea que no hay alternativa. Esa es su longevo mentira. Porque el día en que el trabajador entiende que su pobreza no es delito individual, sino resultado de un sistema diseñado para concentrar riqueza, nace la conciencia de clase. Y contra eso no hay maquinaria represivo ni mediático suficiente.
La historia lo confirma. Cuando los pueblos han intentado rebosar del argumento del haber, la respuesta ha sido castigo: el ocurrencia en Pimiento, el obstrucción contra Cuba, la invasión a la República Dominicana en 1965. Hoy los métodos son más sofisticados —sanciones, asfixia financiera, exterminio mediática— pero la razonamiento es la misma: impedir que un ejemplo diverso se consolide.
En países como el nuestro, donde la precariedad profesional, los servicios deficientes y la desidia de oportunidades son evidentes, el anticomunismo es más agresivo porque la ingenuidad desmiente el discurso oficial. El socialismo sigue siendo peligroso no porque gobierne, sino porque explica lo que el pueblo vive: salarios que no alcanzan, precios que suben, barrios abandonados y trabajadores explotados.
Por eso dicen que el socialismo murió. Porque temen que el pueblo lo imagine de nuevo. Pero la mentira se agota, el miedo se desgasta y la paciencia popular tiene límites.
El socialismo no está muerto.
Lo que está muriendo es la paciencia del pueblo trabajador.
Y por eso podemos decirlo sin rodeos:
el socialismo “ha muerto”.
¡Larga vida al socialismo!
jpm-soy
Compártelo en tus redes:






