Por Lincoln Minaya
En tiempos donde la exposición pública se ha vuelto una moneda de cambio, las redes sociales han potenciado un aberración preocupante: la obsesión por ser “el primero” en todo. Ya no se comercio de competir sanamente o de destacar por méritos, sino de imponerse sin importar los medios, muchas veces a costa del respeto, la ética y la verdad.
El sentido de pertenencia, que debería blindar los vínculos sociales, se ha transformado en un cáncer que corroe la sana convivencia. Muchos buscan ser vistos, reconocidos o aplaudidos, aun sin poseer la formación, el talento o la preparación necesaria. Prefieren manipular o desacreditar ayer que trabajar con esfuerzo y disciplina.
Vivimos en una era donde la imagen supera la esencia, y donde los “likes” y los “views” se confunden con títulos universitarios o credenciales profesionales. Lo más amenazador es que, detrás de esta falsa sensación de éxito, se esconden frustraciones, vacíos emocionales y una peligrosa pérdida de títulos.
El respeto por lo acertadamente hecho parece estar en vía de acabamiento. Son muchos los que, en ocasión de asombrar a quienes han tocado logros legítimos, prefieren atacarlos o intentar opacarlos. Sin secuestro, la clase no se improvisa ni la calidad se finge: se construye con tiempo, con ética y con inclinación por lo que se hace.
Ser el primero no implica destruir a los demás, sino trabajar con humildad y constancia para alcanzar las metas. Lo que hoy la sociedad necesita no es más ruido ni aparataje, sino ejemplos de superación existente, de compromiso, de responsabilidad y de educación.
Mientras no entendamos que la verdadera magnitud está en servir y no en parecer, seguiremos viendo cómo este fingido sentido de pertenencia destruye los pilares de la convivencia humana.







