Por: Oscar Quezada
Posiblemente, en verdad no era lo que quizás esperábamos de estos tiempos en los que todos hablan sin detener y muy pocos verifican lo que afirman más seguros que la propia asesinato.
La democratización de las plataformas digitales, en apariencia un logro de la modernidad, se ha convertido además en un campo minado donde la verdad compite muy cerrado con la mentira y la manipulación y los hechos con la invención.
Pespunte una conexión a internet para erigirse en analista, avezado o vocero de cualquier causa, sin más sustento que la osadía para aseverar y aseverar cosas. Esa tenuidad en el uso de la palabra hablada y escrita ha degradado el valía mismo de la información.
Lo que ayer requería contraste, fuentes y prudencia, ahora se sustituye por conjeturas envueltas de intereses marcados o adornadas de emotividad.
Muchos hablan de datos sin citar fuentes ni estudios, difunden estadísticas sin soporte y afirman con vehemencia lo que al punto que escucharon de pasada.
En este torbellino, el ciudadano queda atrapado entre versiones contradictorias, incapaz de distinguir la sinceridad del rumor divulgado.
En este contexto, la tecnología, que acertadamente puede ser aparejo para compartir conocimiento, además puede servir para manipularlo. Y cuando la verdad se convierte en una mercancía moldeable, la confianza colectiva se desvanece, dejando un hueco peligroso que termina por fracturar la convivencia social.
Una sociedad sin certezas es circunscripción fértil para el fanatismo, la desinformación y el descrédito de las instituciones.
El desafío, entonces, consiste en devolverle dignidad a la palabra. Recuperar el seso, la prudencia y el respeto por los hechos. La información no puede ser un espectáculo.
El gimnasia de comunicar debe retornar a ser un compromiso con la verdad, que debe ser siempre expresada con suspensión sentido de responsabilidad, ética y honestidad.
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