Regalo que, en mis primaveras universitarios, cuando tomaba una clase de relaciones internacionales, me topé con el adiestramiento de Francis Fukuyama, El fin de la historia. En dicho texto, Fukuyama sostiene que, con la caída del comunismo en Europa del Este y el posterior colapso del Imperio Soviético, se avizoraba una nueva era para la humanidad, en la que el nuevo orden mundial y sus instituciones iban a estar sustentadas en los títulos de la democracia libre emanados de la Ilustración. Según esa lección, la geopolítica y la política de poder no serían ya la director de las relaciones internacionales, sino la geoeconomía, la integración comercial y la liberalización de los mercados anclada en la globalización.
Una lapso y media más tarde, el igualmente politólogo estadounidense Robert Kagan escribió El regreso de la historia y el fin de los sueños (2008) como una réplica a la confianza de los primaveras noventa en el “fin de la historia”, esa creencia de que la democracia libre y los mercados habían resuelto los grandes conflictos ideológicos de la modernidad. La juicio central de Kagan es que la política de poder nunca desapareció; solo hizo una pausa mientras los rivales se reagrupaban. Pronosticó un siglo definido por la competencia entre grandes potencias y por una renovada división ideológica entre democracias liberales y Estados autoritarios en resurgimiento. En su argumento, Estados Unidos seguía en la cima de un sistema en gran medida “unipolar”, pero las ambiciones estratégicas de Rusia y China ya estaban reavivando una época más contenciosa. Diecisiete primaveras luego, la cruzada en Ucrania y el alineamiento cada vez más firme entre Moscú y Pekín han hecho que su advertencia parezca menos una provocación que un prólogo.
La cruzada en Ucrania es la confirmación más clara del argumento de Kagan de que la geopolítica —intereses respaldados por la fuerza— terminaría imponiéndose a las narrativas tranquilizadoras de la globalización. La invasión a gran escalera de Rusia en febrero de 2022 reabrió cuestiones que muchos daban por resueltas en Europa: fronteras, esferas de influencia y el uso coercitivo de la energía y la fuerza. Hasta octubre de 2025, el conflicto sigue activo; Moscú continúa reivindicando avances en el sureste y golpeando la infraestructura energética ucraniana, lo que subraya cómo la cruzada se ha convertido en un pulso de desgaste con consecuencias estratégicas para la seguridad europea y el orden entero.
Kagan igualmente sostuvo que la ampliación de las instituciones occidentales tras la Guerrilla Fría sería objeto de disputa por parte de potencias autoritarias empeñadas en reafirmar su primacía regional. La desarrollo de la OTAN desde 2008 lo confirma. En la cumbre de Bucarest de ese año, los aliados declararon que Ucrania y Georgia “se convertirán en miembros de la OTAN”, una promesa que Moscú ha tratado desde entonces como una linde roja —aunque la Alianza se abstuvo de ofrecer un Plan de Influencia para la Adhesión—. La imprecisión creó una zona sombrío que Rusia procuró explotar, culminando en la anexión de Crimea en 2014 y la invasión de 2022. Aquella fórmula de Bucarest sigue condicionando el debate internamente de la Alianza y alimentando las exigencias rusas de que se renuncie a ese compromiso.
Sin secuestro, el finalidad clave más inmediato de la asalto rusa ha sido el opuesto al que pretendía el Kremlin: la OTAN se ha vuelto más magnate y más cohesionada. Finlandia ingresó en la Alianza el 4 de abril de 2023, poniendo fin a décadas de no alineamiento marcial y duplicando la frontera terrenal de la OTAN con Rusia. Suecia la siguió el 7 de marzo de 2024, integrando sus capaces fuerzas aéreas y navales y, en la actos, cercando el mar Báltico con comarca unido. Esta ampliación septentrional ha reforzado la disuasión en el Ártico y el Báltico, y apunta a una tendencia más amplia que Kagan anticipó: la competencia de seguridad con autocracias puede proteger la solidaridad democrática.
La retórica aliada igualmente se ha endurecido. En la Cumbre de Washington de julio de 2024, los aliados afirmaron sin ambigüedades que “el futuro de Ucrania está en la OTAN” y crearon mecanismos para institucionalizar la presencia y el entrenamiento marcial a liberal plazo. No es un calendario, pero sí una señal —para Kiev, Moscú y Pekín— de que la comunidad euroatlántica ve la integración de Ucrania como parte de una contienda más amplia sobre las reglas del sistema internacional. En los términos de Kagan, las democracias vuelven a comportarse como un liga, aunque su política interna sea ruidosa y su coordinación, imperfecta.
Kagan describió el siglo XXI en parte como un choque de órdenes políticos: democracia libre frente a capitalismo absolutista. El alineamiento ruso-chino desde 2022 ha agudizado esa equivocación. En su explicación conjunta del 4 de febrero de 2022, Vladímir Putin y Xi Jinping presentaron una asociación “sin límites”, superior —según ellos— a las alianzas de la Guerrilla Fría, y se erigieron en defensores de la prerrogativa soberana frente al universalismo libre occidental. Duplicaron la envite en 2024, prometiendo profundizar su “asociación estratégica integral” y criticando abiertamente el poder estadounidense. Se interprete como ideología o conveniencia, se prostitución precisamente del tipo de coordinación entre grandes potencias que Kagan sostuvo que resurgiría a medida que las autocracias buscaran reconfigurar el seguridad de influencia.
En lo financiero, la interdependencia no ha ablandado ese alineamiento; si tal vez, las sanciones lo han estrechado. China se ha convertido en un guindola financiero esencial para Rusia desde la invasión, con exportaciones chinas al ascenso y un comercio doble que alcanza máximos pese a fricciones en los pagos. Este patrón refuerza el incredulidad de Kagan respecto de la idea de que el comercio, por sí solo, pacifica la geopolítica; puede, igualmente, financiarla y lubricarla cuando los incentivos políticos convergen.
Todo ello ocurre yuxtapuesto a un debate más amplio sobre la “multipolaridad”. La expansión de los BRICS y el acción directa de la Estructura de Cooperación de Shanghái suelen citarse como indicios de un mundo ya no dominado por un solo polo. En 2023, los BRICS invitaron a nuevos miembros y, en 2024, varios se incorporaron, señalando —al menos retóricamente— una avidez por amplificar la voz del Sur Entero y aminorar la dependencia de instituciones lideradas por Oeste. Kagan probablemente leería esto no como una benigna difusión del poder, sino como la emergencia de contrapesos articulados por líderes autoritarios o iliberales para diluir normas liberales. No obstante, multipolar no equivale a monolítico: los posibles “polos” divergen en energía, finanzas y seguridad, y muchos Estados “en seguridad” adoptan alineamientos a la carta más que pertenecer a campos fijos.
¿Qué nos dicen, entonces, Ucrania y la respuesta de la OTAN sobre la juicio de Kagan? Primero, que tenía razón al afirmar que el poder y la ideología vuelven de la mano. Rusia libra una cruzada para revisar fronteras y prohibir las decisiones soberanas de un vecino; China, más paciente, construye instituciones y cadenas de suministro para moldear reglas a su patrocinio. Segundo, quizá subestimó la resiliencia de las alianzas democráticas. Allá de fragmentarse, la OTAN se ha ampliado y adaptado, y la Unión Europea ha movilizado un inédito atarazana de políticas económicas. La contienda que Kagan imaginó es auténtico, pero la capacidad de las democracias para organizarse sigue siendo formidable, especialmente cuando enfrentan una asalto abierta.
Donde el enfoque de 2008 de Kagan requiere aggiornamento es en su visión de la polaridad. Describió un mundo todavía unipolar con un coro de desafiantes en medra. El panorama contemporáneo es más híbrido: Estados Unidos conserva un luces marcial entero y redes de alianzas sin parangón, pero su ganancia es más íntimo, su cohesión interna más intermitente y sus rivales están más coordinados de lo que anticipó. Rusia aporta poder duro disruptivo y disposición a aceptar costos; China aporta escalera, tecnología y palanca económica. Su asociación es auténtico pero asimétrica —Pekín es el socio longevo— y susceptible de fricciones que podrían ampliarse con el tiempo. La multipolaridad que se perfila es menos un concierto metódico que un cerámica difícil, con coaliciones superpuestas y normas en disputa. Esa complejidad valida la advertencia de Kagan sobre el retorno de la historia y, a la vez, complica su fórmula de un “concierto de democracias”, que ahora debe rodear teatros (euroatlántico e indopacífico), tecnologías (energía, cadenas de suministro, IA) y narrativas (seguridad, soberanía y exposición).
En términos de política, el acento de Kagan en poder, ideas y alianzas sigue siendo válido. La defensa de Ucrania se ha vuelto una prueba de si el orden libre puede disuadir el revisionismo sin deslizarse en torno a una cruzada más amplia; el apoyo sostenido y la ampliación de la OTAN apuntan a una respuesta afirmativa, pero solo si se mantienen en el tiempo. Al mismo tiempo, el campo tolerante tendrá que competir internamente de un sistema internacional plural, donde muchos Estados buscan opciones más que alineamientos. Eso exige, como reclamaba Kagan, no solo poder duro, sino una diplomacia persuasiva: garantías de seguridad creíbles, asociaciones económicas que reduzcan la dependencia de las autocracias y un relato convincente sobre espontaneidad y prosperidad que resuene más allá de Oeste. La historia ha regresado; el sueño no ha terminado, sino que está obligado a demostrar su valía bajo presión.






