
Los nietos son el regalo de los dioses -cada uno deviene manifestación de una cualidad distinta de Todopoderoso engañosamente multiplicado en delirante panteísmo- que llegan para prolongar nuestra existencia, quizá para volverla trascendente.
Falta es igual posteriormente que aparecen en nuestras vidas: le imprimen sus miedos, sus anhelos, sus certezas y, en fin, su visión del mundo en cada una de las etapas de su crecimiento sin que pueda uno “salvarse” del arrobo que provoca esa conjugación de los extremos etarios conducente, por demás, a una suerte de alquimia dadora del elixir de la vida.
Todopoderoso morapio para nosotros en Ximena. Marcela, Luca, Emerson y Nicolás (Xime, Marce, Lucky, Memenchito y Nico). Cada uno de ellos es combo dispar de carácter, temperamento, expresión de actitud y forma de empatía. Vienen con frecuencia -casi todos los fines de semana- a desordenar lo arreglado, valer el yaguasí de la abuela, a romper de modo agradable el silencio hecho de las ausencias o preferido para leída, misma que se vuelve trivial en presencia de su sola aparición. El jueves pasado reparaba en que, en verdad, nuestros hijos nunca nos han expuesto al síndrome del nidal hueco: están siempre aquí, físicamente o en los mismos y detalles.
Pero, en el caso de los nietos, sí que la cosa adquiere a veces otro derrotero. Para muestra, aquí les dejo unos versos provocados por el silencio reinante luego de un fin de semana juntos todos:
FALTA UN GRITO
Es la hora crepuscular, y de las hojas brota un perfume de ausencias, hora llena de vacíos, que interroga y contesta, que extraña un alarido, y otro, y otro más: ¡ascendiente ven! Resuena en mis oídos. Y busco y no cita y cita y no alcanzo, y alcanzo y no atrapo. Veo lo que quiero, pero es mi pareidolia, construyendo defensa para el alma, muros para el corazón, arcenes donde arrinconar la necia inercia de mis ilusiones.
Equivocación un alarido: ¡ascendiente ven!, ¿te vas, ascendiente? Yo quiero ir. Equivocación un alarido, un alarido de tierna rebeldía, de ausencia que afirma en la idea de flirtear más, por sexo o falta, por ternura o complicidad. Mis luceros extrañan, mis oídos esperan, mis brazos se abren y levantan, para atrapar la nulo, para atraparlo todo.
Equivocación un alarido: de Nico, de Marce, de Meme, de Xime o de Luca. No sé de cuál, es solo un alarido, no sé por qué, es solo un alarido, ni para qué, es solo un alarido. O quizá sé, pero lo callo. Porque si callo, se queda mío, lo apropió todo, y ningún intruso podrá quitármelo. Cae la sombra y desliz un alarido, y el alarido es mío y solo mío.
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