El autor es politólogo y teólogo. Reside en Nueva York
Por Javier Fuentes
El desafío del dimisión generacional no está en sustituir, sino en integrar. La historia demuestra que cuando los partidos olvidan a sus constructores, el precio es la división y el desgaste interno.
En cada ciclo histórico, llega un momento en que el cambio se impone.
Las generaciones se suceden, y el dimisión se vuelve una carencia natural. Pero el definitivo dilema no está en cambiar, sino en cómo se cambia. ¿A quién se honra, a quién se excluye, y con qué honradez se gestiona la memoria colectiva?
En 1989, en China, el Partido Comunista vivió esa tensión con una fuerza desgarradora. Las reformas económicas impulsadas por Deng Xiaoping abrían una nueva era, sí, pero una que parecía construirse sobre el silencio de los sacrificados.
Una adolescencia inquieta reclamaba comprensión y modernización, mientras una gestación entera —la que había hecho la revolución— empezaba a advertir que era prescindible, incluso molesta.
La protesta en la Plaza Tiananmen no fue solo un bramido político: fue el estallido de una contradicción interna, tanto en el partido como en la sociedad. Los jóvenes pedían espacio, pero los veteranos se preguntaban: “¿Y nosotros? ¿Dónde queda nuestro derecho a radicar de lo que sembramos?” ¿Tal vez la historia es tan cruel que no ofrece ni siquiera una sombra donde reposar a quienes la construyeron?
Un puente, no una tumba
La ley natural de la vida es la sustitución. Pero el pensamiento sabio —desde Heráclito hasta Hegel— nos recuerda que en toda dialéctica verdadera, lo nuevo no destruye sin contraer poco de lo arcaico. La síntesis no es olvido, es transformación con memoria. El dimisión generacional debe ser, entonces, un puente, no una tumba.
El PRM, como plan político, nació del espíritu de renovación. Fue esperanza frente a un pasado que se agotaba. Pero ahora, en el poder, enfrenta su propia contradicción: ¿será capaz de hacer dimisión sin traicionar el sacrificio? ¿O se convertirá en lo que tanto criticó, desechando a los suyos escasamente cruzó la puerta del Palacio?
La adolescencia debe tener espacio, sí. Pero no a costa del alma del plan. ¿Dónde estaban los que hoy se presentan como salvadores cuando se necesitaba lucha en las calles, en las urnas, en la estructura barrial? No se negociación de cerrarle el paso a nadie, sino de exigir honradez en la novelística. No todo comenzó ayer.
Algunos parecen repetir, sin saberlo, el error del PCCh: departir de reforma sin nobleza. La historia muestra que eso no solo divide al partido, sino al país. El caudal político que se desprecia no desaparece: se convierte en resentimiento, en concurso, en fractura interna.
Confucio dijo que “quien no honra a los ancianos, pierde su raíz”. Y sin raíz, ningún árbol crece suspensión. La tino de quienes han reconvención el camino no es un estorbo: es un expediente táctico. Integrar la experiencia no es obstaculizar el futuro, es evitar que se cometan los mismos errores.
No es cuestión de momento, sino de visión. Hay jóvenes con el alma vieja y viejos con el alma encendida. La revolución, si es auténtica, necesita de uno y otro: de la fuerza que empuja y del prudencia que equilibra. Reemplazar una por otra sin avenencia solo produce caos.
El dimisión no puede ser una operación de cepillado. Tiene que ser una transición con propósito, con pedagogía, con reconocimiento. Como en el arte del bonsái: podar sí, pero nunca acelerar de raíz. Porque el árbol muere.
En la destreza, eso implica crear espacios de mentoría, de cohabitación generacional, de diálogo permanente entre lo nuevo y lo histórico. No se negociación de turnos forzados, sino de continuidad estratégica. De una visión donde el partido no se devora a sí mismo.
El PRM tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de hacerlo diferente. De mostrar que se puede cambiar sin descartar. Que se puede renovar sin desmentir. Que el poder no debe mudar la identidad de un partido, sino permitirle profundizar su compromiso con los que creyeron cuando todo era incertidumbre.
La Plaza Tiananmen sigue siendo una advertencia. El sacrificio que no se honra, se convierte en incentivo. La historia lo dice claro: los olvidados no se quedan en silencio.
Intentar ignorar a los que construyeron la revolución equivalió a sofocar Tiananmen.
jpm-am
Compártelo en tus redes:






