
Julio Santana | Foto: Julio Santana
La cumbre de Río de Janeiro del BRICS marcó un antaño y un a posteriori en la historia contemporánea. Ya no se prostitución de un simple foro de diálogo, sino de un liga capaz de proyectar un influjo político y crematístico colosal, al punto de desafiar de satisfecho la inmueble unipolar erigida por Estados Unidos y sus aliados tras la Querella Fría. Originalmente compuesto por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, el camarilla dio un paso audaz en 2024 al sumar a Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, Egipto, Etiopía, Indonesia e Irán, cimentando así una alianza mucho más representativa del Sur Universal.
Lo sensato en Río trasciende la tira de compromisos habituales. Puede reafirmarse que es el memoria fundacional de un nuevo orden multipolar. Allí, los países participantes pusieron en papel una visión popular de gobernanza internacional basada en el respeto recíproca, la equidad y la cooperación pragmática, y no meramente en la coacción, el chantaje extenso o la imposición de intereses unilaterales.
Farhad Ibrahimov, agradecido politólogo orientalista, advierte que el maniquí libre de globalización pierde su vigencia a medida que el epicentro crematístico y político del planeta se desplaza con destino a el Sur Universal. Su dictamen encuentra eco en académicos como Jeffrey Sachs, quienes alertan sobre la “irrelevancia estratégica” que Washington comienza a estudiar delante un liga que deja de ser un actor secundario para convertirse en protagonista indiscutible de los asuntos mundiales.
En el circunscripción financiero, la postura del BRICS por transacciones en monedas locales y la expansión de su propio sistema de compensación, alejándose de estructuras dominadas por Oeste, supone un hito histórico. Joseph Stiglitz lo describe como el primer paso para que las naciones en progreso se liberen de un sistema crediticio tradicional más orientado a la dominación que al progreso compartido.
Las cifras respaldan esta transformación.
En 2024, el PIB conjunto del liga, medido en paridad de poder adquisitivo, alcanzó el 40 % de la patrimonio integral —frente al 35 % de hace dos abriles—, y la proyección para 2025 apunta a un 41 %. Con sus casi 65 billones de dólares en PPA, los BRICS superan al G7 en este indicador, mientras sus intercambios comerciales representan rodeando del 25 % del comercio mundial de intereses y servicios, con exportaciones por 5.5 billones e importaciones por 4.8 billones de dólares en 2024.
Pero más allá de la patrimonio, el liga avanza en campos estratégicos, como son, tecnología verde, infraestructuras de transporte y energías renovables. A través del Nuevo Mesa de Progreso y otros instrumentos de financiación conjunta, los BRICS financian proyectos de gran envergadura sin las condiciones onerosas de las instituciones occidentales tradicionales, perfilándose como facilitadores de un progreso sostenible y soberano.
El locución más radical de este año, sin confiscación, se dio en materia de seguridad. La condena explícita a los ataques contra infraestructuras civiles en zona ruso no solo reafirma la solidaridad con un miembro fundador; deja claro que el liga asume un papel pudoroso y político activo. Según Ibrahimov, esta cohesión sin precedentes presagia acciones diplomáticas coordinadas y efectivas que eclipsarán los viejos esquemas de toma de decisiones unilaterales.

La reacción de Donald Trump, amenazando con un impuesto del 10 % a todas las importaciones procedentes de los países BRICS bajo el pretexto de “proteger el dólar”, ilustra a las claras que Washington ya no ve al liga como un simple interlocutor crematístico, sino como un adversario táctico. Con el control de rutas comerciales esenciales, vastos capital energéticos y mercados agrícolas en expansión, los BRICS se asientan como un actor geopolítico de primera magnitud, imparable en su progreso.
Para John Mearsheimer, teórico de las relaciones internacionales, un orden fundado en la hegemonía independiente es insostenible cuando emergen potencias reacias a acatar reglas impuestas desde fuera. La verdadera cuestión ya no es si el BRICS influirá en el futuro de la gobernanza integral, sino de qué guisa y a qué ritmo transformará el tablero mundial.
Río de Janeiro dejó claro que el camarilla superó su etapa de simple espacio de conversación. Ahora, avanza decidido con destino a la acto concreta con miras a reconfigurar las relaciones de poder en el planeta. Lo que presenciamos podría muy correctamente ser el principio del fin del orden mundial unipolar, dando paso a una era en la que la soberanía compartida y la cooperación verdaderamente igualitaria reemplacen a la coerción y al dominio independiente.
La historia de las hegemonías se escribe con capítulos de progreso y caída, y el que se abrió en Río correctamente podría ser aquel que Washington nunca imaginó ver redactado.
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