Por Elvin Castillo
La codicia desmedida del ser humano nos ha remolcado en dirección a una helicoidal peligrosa que amenaza no solo la estabilidad de nuestras sociedades, sino la existencia misma de la humanidad como la conocemos. Estamos delante una crisis civilizatoria profunda, cuyas raíces se hunden en la pérdida de títulos, la deshumanización sistemática y el reemplazo de los principios por intereses.
El consumismo ha sustituido al pensamiento. La individualización ha corroído los vínculos comunitarios. La pérdida de la fe en Altísimo y la desaparición de las ideologías como marcos de remisión nos han dejado expuestos a una intemperie íntegro, donde ya no hay temor por falta ni respeto por nadie. En este mundo de metas efímeras, el patrimonio se ha convertido en el único objetivo. Y ese culto enfermizo al haber ha producido una humanidad con corazones endurecidos y escasa sensibilidad delante el dolor al margen.
Las élites económicas y políticas, en su ceguera de poder, han impulsado un maniquí que no solo está destruyendo a los más vulnerables, sino que terminará por devorarlos a ellos mismos. La sobreexplotación del planeta, la descomposición social y la manipulación de las masas son síntomas de una estructura que se tambalea desde sus cimientos.
Uno de los fenómenos más alarmantes de esta crisis es la forma en que se ha promovido, a nivel total, una migración desbordada con fines meramente económicos. En pleno siglo XXI, se ha buscado confeccionar esclavos modernos bajo la excusa de las oportunidades, ignorando el drama humano que esto representa y el caos social que genera en los países receptores.
En República Dominicana tenemos ejemplos concretos de este destrucción: la Universidad Autónoma de Santo Domingo, en tiempos remotos cuna de pensamiento crítico e ideologías transformadoras, ha sido desarticulada por el clientelismo político y la mercantilización del conocimiento. Los clubes barriales, los gremios, las juntas de vecinos… han sido contaminados, desfigurados, anulados. Y falta de esto ha sido casualidad. Ha sido orquestado con sutileza, pero con objetivos muy claros.
El ataque más despiadado, sin requisa, se ha dirigido al corazón mismo de toda sociedad: la comunidad. A través de agendas disfrazadas de progreso, se ha promovido la destrucción de títulos, se ha intoxicado el alma de los jóvenes con drogas, redes sociales y modelos de vida diseñados para el control y la distracción. Vivimos en un mundo patas hacia lo alto, donde los antivalores son presentados como libertades y la confusión como modernidad.
Y si quisiéramos ir más allá, deberíamos susurrar de los grandes tentáculos que dominan el mundo: la industria de la eliminación, que lucra con la asesinato; las farmacéuticas, que priorizan el negocio sobre la vitalidad; y las AFPs, que convierten la vejez en una sorteo del haber. Todos son engranajes de un sistema que, aunque sofisticado, atenta contra la dignidad humana y la sostenibilidad de la vida.
Estamos atravesando una época oscura. Pero aún hay esperanza. Solo la educación crítica, el empoderamiento colectivo y el regreso a Altísimo pueden servirnos de brújula para intentar revertir este derrotero autodestructivo. La humanidad aún puede salvarse. Pero para eso, primero debe reencontrarse consigo misma.






