El autor es médico. Reside en Santo Domingo
Por Víctor Garboso Peralta
En un país que el Gobierno insiste en exhibir como faro de estabilidad y crecimiento en el Caribe, la sinceridad cotidiana desmiente el discurso. No se negociación de una crisis de cifras abstractas, sino de pura supervivencia.
El costo de la vida se ha disparado en los últimos primaveras, y lo que antaño era un desafío crematístico se ha transformado en un real asalto a la dignidad humana. Mientras los informes oficiales hablan de “inflación controlada”, los colmados, las estaciones de combustible y los recibos de electricidad cuentan otra historia: la del ruina progresivo de miles de familias.
Es como si nuestra hacienda navegara en un Titanic caribeño: hacia lo alto, la banda de las estadísticas toca melodías tranquilizadoras sobre un 3.4 % de inflación interanual en julio de 2025; debajo, en la bodega donde sobrevive el pueblo llanura, las aguas de la devaluación y los precios desbordados inundan cada rincón.
Esa es la experiencia diaria de millones de dominicanos que ven cómo el capital se evapora antaño de durar a fin de mes.
Los aumentos recientes son alarmantes. El arroz pasó de RD$21.10 en 2020 a RD$45.50 en 2025 (+116 %); el unto, de RD$262 a RD$794 (+203 %); el café, +296 % en el mismo tiempo.
La canasta deudo se ha encarecido entre RD$46,716 y RD$76,190, según estudios oficiales y privados. Sin bloqueo, dos salarios mínimos al punto que cubren un 70 % de ese costo. La consecuencia: la clase media se ahoga y los más pobres quedan condenados al anhelo.
El peso dominicano, mientras tanto, ha perdido valencia hasta rondar los RD$63 por dólar. En una hacienda en gran medida dependiente de importaciones, cada punto de devaluación se traduce en comida más cara, en combustibles más costosos y en energía eléctrica inalcanzable.
Los salarios mínimos de RD$10,000 —que todavía persisten en nóminas estatales— son, en la experiencia, una condena a la miseria. ¿Cómo cubrir transporte, alimentos y medicinas con ingresos que no alcanzan ni para la cuarta parte de la canasta básica?
La deuda pública añade peso a la travesía. En 2025, cada dominicano carga con US$7,191 de deuda; el 29 % de los ingresos tributarios se consume solo en intereses. Es como remar con un áncora atada al cuello: cada paso delante hunde más al país en el pantano del endeudamiento.
El Gobierno ha respondido con parches: “subsidios” al combustible, decretos de severidad simbólicos y prohibiciones que más parecen titulares que soluciones.
Sin bloqueo, el pago corriente continúa inflándose y la deuda crece. Mientras países como Panamá apuestan a la transparencia en subsidios y El Salvador contiene el pago manifiesto, República Dominicana repite el mismo círculo de endeudamiento y despilfarro.
La historia no es monopolio de nuestro país, pero aquí la severidad es veterano. Solo Ecuador supera a República Dominicana en el costo de la canasta básica en la región (US$798 vs US$746). Para millones de hogares dominicanos, sobrevivir es como respirar con un tanque de oxígeno que se vacía demasiado rápido.
No podemos seguir premiando el derroche y castigando el esfuerzo. La crisis del costo de la vida no es una destino ineludible: es la consecuencia de decisiones políticas erradas, desidia de disciplina fiscal y desaparición de transparencia.
Propuesta urgente: el primer paso consistiría en auditar y disminuir el pago que no es válido: suprimir entidades duplicadas, detener los gastos innecesarios y hacer transparentes todos los subsidios.
Para advertir un endeudamiento excesivo, se deberían instituir límites de deuda y normas automáticas. Del mismo modo, los salarios deben ser justos y estar indexados a la inflación vivo: sostener que el ingreso exiguo cubra por lo menos la canasta básica de una grupo.
Es esencial promover la producción estratégica doméstico, fomentando la agroproducción y reemplazando las importaciones fundamentales. Los funcionarios que falseen cifras o violen las normas fiscales deben acoger sanciones efectivas y ser llevados en presencia de la ecuanimidad.
Se podría conversar de una reforma tributaria progresiva y sencilla posteriormente de que se apliquen estos cambios: incrementar la saco de contribuyentes sin ahogar a los más pobres.
El bienestar de una nación no se mide en informes de prensa ni en balances macroeconómicos: se mide en la mesa servida de sus familias humildes. No podemos seguir navegando un barco sin rumbo, sobrecargado de deuda, devaluación e inflación. La hora de hacer es ahora.
La hacienda no son solo números: es la desesperanza en los luceros de una causa que no sabe qué dará de engullir mañana. Si no enderezamos el timón, el fracaso será ineludible. El tiempo de las excusas terminó: el Gobierno debe rendir cuentas.
Jpm-am
Compártelo en tus redes:





