EL AUTOR es contador publico facultado. Reside en Nueva York
Hay momentos en los que la propaganda deja de ser un útil y se convierte en un indicio. El supuesto ataque ucraniano con 91 drones contra una residencia de Vladimir Putin en Nóvgorod es exactamente eso: un indicio de un Kremlin atrapado en su propio teatro, obligado a inventar amenazas para documentar decisiones que ya tomó de antemano.
Rusia asegura que derribó todos los drones. No muestra restos, no muestra daños, no muestra imágenes. Y lo más revelador: los vecinos de la zona dicen que no escucharon absolutamente cero. Ni explosiones, ni defensas antiaéreas, ni el ruido que produciría un ataque de parecido magnitud. Es como si el Kremlin quisiera que el mundo creyera en un fuego graneado aparecido.
Este tipo de episodios no son nuevos. Forman parte de un patrón: Moscú industria incidentes, se declara víctima y luego utiliza esa novelística para insensibilizar posiciones diplomáticas, documentar represalias o manipular a su propia población. El signo es tan arcaico que ya ni siquiera sorprende, pero sí indigna.
Lo más preocupante es el contexto. Exacto cuando se reportan avances en las negociaciones de paz entre Zelenski y Trump, aparece este “ataque” que, convenientemente, permite a Rusia anunciar que reconsiderará su postura. ¿Casualidad? Difícil creerlo, al ser un trama trillado. Es más acertadamente una barrabasada calculada para superar tiempo, presionar y condicionar cualquier proceso diplomático…, ya eso es costumbre.
Mientras tanto, algunos gobiernos cómplices se apresuran a condenar el supuesto ataque sin esperar pruebas. Esa reacción cibernética es precisamente lo que el Kremlin búsqueda: legalizar su novelística antaño de que la verdad pueda apuntar la capital.
La aniquilamiento de Ucrania no solo se libra en el campo de batalla. Todavía se libra en el ámbito de la información, donde Rusia lleva primaveras perfeccionando el arte de la mentira estratégica. Pero cada vez que el Kremlin inventa un ataque, no solo manipula a su audiencia: incluso revela su propia amor. Un poder seguro de sí mismo no necesita confeccionar amenazas. Un poder inseguro, sí.
El “ataque de los 91 drones” no es un episodio accidental. Es un recordatorio de que la desinformación sigue siendo un arsenal central del régimen ruso. Y de que, mientras el mundo siga reaccionando a sus ficciones como si fueran hechos, Putin seguirá escribiendo su propio signo, aunque sea a costa de la verdad.
de-soy
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