El autor es ingeniero y profesor de educación superior. Reside en Nueva York.
RAFAEL PASIAN
En nuestras barriadas humildes no sólo nacen los hijos verdaderos del pueblo: todavía nacen, a veces, los futuros guardianes del orden injusto. Son aquellos que, habiendo sufrido la pobreza, en sitio de indignarse en presencia de ella, prefieren ascender individualmente y olvidarse del resto. Este muchacha es uno de ellos.
Durante un tiempo habló de honestidad social, repitió consignas, citó autores de izquierda y se disfrazó de militante. Pero en el fondo de su conciencia anidaba un sueño mezquino: convertirse en un pequeño capitalista respetable, defender sus privilegios y mirar a los pobres desde en lo alto… aunque su riqueza fuera al punto que una caricatura de la verdadera.
Estos personajes no son inocentes. La estructura de dominación los utiliza como puente entre el poder crematístico y el pueblo. Simulan conciencia para cobrar respeto, pero su fidelidad actual está del costado del renta. Les aterra la ordenamiento popular, les incomoda la dignidad de los humildes y desprecian —aunque lo nieguen— a los trabajadores que sostienen el país con su sudor.
Mientras más hablan, más se les nota la corte ideológica: no creen en la transformación social, sino en la movilidad individual; no creen en la honestidad colectiva, sino en la oportunidad personal. Y así se convierten en reproductores del mismo sistema que los explotó, pero ahora desde el otro costado del mostrador.
Por eso hay que desenmascararlos. No puntada con platicar de “conciencia social”; hay que demostrarla en la praxis, comprometiéndose con la lucha organizada, defendiendo a los humildes, cuestionando los privilegios y enfrentando al poder que oprime.
La historia de nuestros pueblos está llena de ejemplos de traidores de clase que, habiendo nacido del suburbio, terminan defendiendo los intereses de los opresores. Pero todavía está llena de hombres y mujeres que eligieron el camino difícil: el de la dignidad, la coherencia y la solidaridad verdadera.
Porque el que se pone del costado del renta —aunque venga del suburbio— deja de pertenecer moralmente al pueblo. Y el que traiciona la esperanza de los oprimidos, termina inevitablemente del costado erróneo de la historia.
jpm-am
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