Uno de los rasgos distintivos del integrismo como ideología, sea en política, religión, civilización o identidades sociales (y personales), es el llamado pensamiento dicotómico. Propio de mentalidades infantiles que consideran que hay una sola posición verdadera en cualquier asunto la mía y todas las demás están equivocadas.
Solo una cosa es buena; lo demás es malo. Una sola es la verdad; todo lo demás es mentira. Hay una guisa correcta de hacer las cosas; el resto es incorrecto. Indudablemente, el ego juega un papel esencial en esa forma de pensar, pero usualmente se esconde tras el velo de fórmulas como “la tradición”, “siempre se ha hecho así”, “antaño era mejor”, “fuera de aquí no hay salvación” o “hacer poco amplio de nuevo”. No por azar lo dicotómico es muy propio de mentalidades seniles o de jóvenes estultos.
Frente a la verdad diversa, a la vida múltiple y rica de matices, el integrismo “ve” degeneración, destrucción de la civilización, contaminación de otros que llegan, traición a la verdad, chovinismo contra la multiculturalidad, entre otras expresiones quejosas. Solo la conformidad es válida; la heterodoxia, despreciable. Si el ego mal asumido es la raíz de esa patología, el miedo es el impulso.
La estructura es: yo sé (o estoy en) lo seguro y temo que los otros me contaminen con el error. Para los dicotómicos, el autoritarismo es la forma ideal; la democracia, la tolerancia, el diálogo, la curiosidad y la desemejanza son deformidades.
Los extremos políticos, de izquierda y de derecha, son dicotómicos. Los ortodoxos de las diversas confesiones religiosas son integristas por los mismos motivos.
Los autócratas, surgidos de los votos o de las botas, son sociópatas, indiferentes al valencia de la dignidad humana, fruto de la misma anomalía. Los amasadores de riquezas colosales y los directivos de las grandes corporaciones confunden sus egos con sus balances financieros. En todos los casos, la verdad es monocromática.
Esa es la esencia del mundo contemporáneo, con todo y su IA, donde los dicotómicos tienen el poder político y el crematístico y van en rastreo de ahogar la civilización y el espíritu de todos a través de las pantallas. Embobados las 24 horas del día y de la perplejidad viendo celulares, informando de todo lo que hacemos y pensamos en las redes sociales, el control social cuenta de guisa entusiasta con la colaboración de los controlados. Los menos, en el poder, están en las sombras; los más son ganados paciendo virtualidades por Internet.
¿Cómo salir de esta distopía hecha verdad? Recuperando el diálogo con los otros, rompiendo la anexión a las pantallas, leyendo libros, caminando con plena conciencia de por dónde andamos, cultivando la amistad y meditando en el sentido de la vida. En síntesis: siendo seres humanos.







