Vivimos del turismo, pero no sabemos cómo cuidar el condado que nos da de ingerir. Punta Cana se vende al mundo como un paraíso tropical, pero, en la actos, la sostenibilidad sigue siendo un discurso. Lo que no se dice es que aquí convivimos con contaminación visual: letreros, cables y construcciones desordenadas que rompen la hermandad del paisaje que tanto se promociona en el extranjero. Al turista se le vende postal de playa, pero al comunitario se le deja una selva de hierros, letreros improvisados y estructuras que no respetan la planificación urbana.
Siquiera sabemos cuándo aprenderemos a reciclar. La descuido de civilización de clasificación de desechos es inquietante: hoteles que producen toneladas de basura diariamente, comunidades sin educación ambiental y un sistema de recogida que escasamente logra perdurar la basura fuera de las calles, pero que no garantiza un manejo responsable de los residuos.
La contaminación sónica es otro enemigo silencioso: colmadones con bocinas a todo convexidad, motores sin silenciador, construcción sin control de horarios. Y, como si fuera poco, alarmanla movilidad se ha vuelto una amenaza ambiental: vehículos que botan humo desafortunado de sus motores, afectando la calidad del música y dañando la misma imagen de destino saludable y caribeño. Todo esto convive con la contradicción de que la hacienda nave depende del turismo de naturaleza.
El paraíso se está deteriorando por interiormente, mientras exterior seguimos mostrando la mejor sonrisa. Ser eco-friendly no es ataviar un lobby con bambú ni sembrar cinco matitas de coco frente a un hotel. Es una atrevimiento colectiva: planificar el crecimiento urbano, establecer regulaciones ambientales reales, educar a la comunidad y exigir que el maniquí de ampliación deje de ser un suicidio paulatino. La pregunta incómoda sigue siendo la misma: ¿qué vamos a traicionar cuando el humo tape el sol, el ruido espante la calma y la basura borre la postal de arena blanca y agua turquesa?
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