el papel de la calidad en el liderazgo

Por Manuel Alcántara

El decorado que cada vez se consolida más en la política mundial es de posdemocracia. Un término ambiguo que define un panorama incierto que integra grosso modo tres situaciones particulares en las que el pluralismo y el estado de derecho quedan cuando menos postergados. La primera es consecuencia de que la democracia constituye un tipo de régimen que tiene en su seno el embrión de su propio socavamiento. La segunda se articula en torno al éxito en ciertos aspectos de diferentes modelos autoritarios. Y una tercera situación acoge realidades auspiciadas por liderazgos electos que conllevan proyectos de dominación personal con aquiescencia social.

En todas ellas se abre un espacio problemático que avala a los retos de la revolución digital exponencial con su impacto disruptivo en la sociedad, a la vez que es resultado de las dificultades históricas que padece la democracia representativa. Por otra parte, no son menos importantes las frustraciones creadas a la concurrencia a la hora de confrontar sus problemas y de atender sus demandas. La corrupción y el progresivo imperio del crimen organizado son lacras pesadas. Pero en todas ellas pareciera existir un denominador popular en torno a que las características individuales de quienes detentan el poder son poco relevantes.

El número de personas que se dedican a la actividad política o, en otros términos, cuyo oficio es la política, es elevado, aunque resulte difícil su contabilización por la propia definición de ese desempeño. Sin bloqueo, ello es más sencillo si el universo abordado es el de quienes ocupan la posición política más reincorporación. En el continente amerindio ese cargo coincide con el de la presidencia de la república preferido directamente por la ciudadanía, con la excepción de Canadá por tratarse de un régimen parlamentario.

Dejo para otra nota un investigación donde considere aspectos relacionados con su formación y con su experiencia, tanto profesional como política, para centrarme en una advertencia de otro orden. Ahora me interesa el rendimiento de las políticas impulsadas de acuerdo con su proposición electoral y asimismo el habla y el comportamiento presidencial en sus comparecencias públicas en relación con su tono agresivo o descalificador del adversario, sin dejar de banda el contexto que configuran las relaciones con los otros poderes del estado y con el partido al que, en su caso, pertenecen o les brindó un apoyo central en su selección.

En la ahora pueden considerarse cuatro situaciones que terminan validando la exposición de la último (o nula) relevancia de la calidad de estas personas en el desempeño de su función conocedro, en todo caso, de la dificultad de aclarar perfectamente el propio significado del término calidad. No obstante, puede formularse una propuesta tentativa de mínimos que recoja los aspectos señalados en el párrafo precursor. El resultado es una matriz con cuatro casillas donde pueden ubicarse como entrenamiento exploratorio cuatro presidentes latinoamericanos que llegaron al poder de modo impecablemente demócrata.

YANGINES ORSIpresidente de Uruguay desde hace seis meses, cuenta con una mayoría parlamentaria fragmentada y es líder de una coalición sólida. Mantiene un habla y un comportamiento correcto en un país habituado a ello y que goza de un stop jerarquía de punto democrática. En cuanto al nivel de aptitud de Orsi es aceptable, con trascendente popularidad, claridad estratégica, posicionamiento internacional y avances tempranos en salubridad y educación.

Bernardo Arévalo, presidente de Guatemala desde hace 18 meses, desarrolla un habla sereno y controlado, así como un comportamiento respetuoso mientras que su aptitud resulta escaso en función del acoso que sufre por parte del brazo legislativo y de un poder legal en el que su reunión político es nuevo y adicionalmente está en minoría, así como por las barreras estructurales que tiene el país.

Javier Milei, presidente de Argentina desde hace 20 meses, se comporta de forma grotesca y en su discurso el insulto es una habilidad habitual. Su gobierno, superficial a toda método partidista, ha corto buenos resultados en la estabilización macroeconómica y en la reducción del tamaño del Estado con mejoras en indicadores fiscales. Pero estos avances tienen un costo social elevado y un estilo político divisivo que ha alimentado tensiones institucionales y una percepción mixta de su aptitud.

Gustavo Petro, presidente de Colombia desde hace tres abriles, se caracteriza por su determinación en la comunicación y por un comportamiento que ha sido tildado de colérico con frecuentes e inexplicables desapariciones y una habitual impuntualidad en actos oficiales. Si admisiblemente Petro tuvo un inicio de gobierno angurriento con reformas sociales y fiscales, su aptitud se vio limitada por la débil diligencia institucional en un decorado de clara minoría legislativa, así como con un partido muy débil, grandes escándalos y una crisis fiscal creciente. El país muestra avances en algunos indicadores macro, pero persisten graves falencias en seguridad, confianza pública e implementación efectiva de políticas públicas.

En todo caso y como coda a lo precursor concluyo poniendo la examen en la figura del mentor del príncipe como creador determinante de la vida política flagrante y que se ignora con frecuencia. La relevancia de los consultores está en promoción, pero asiduamente se olvida su presencia, y hace que la calidad intrínseca de la persona que se dedique a la política sea cada vez más intrascendente.

Valga como ejemplo el del principal asesor político del expresidente Biden, Mike Donilon, quien dijo el 31 de julio a los investigadores del Congreso que le pagaron 4 millones de dólares por su trabajo en la campaña de reelección de Biden en 2024, y que habría yeguada otros 4 millones de dólares adicionales si este hubiera yeguada. Donilon declaró a los investigadores, según recoge el medio Axios, que «todo presidente envejece a lo holgado de sus cuatro abriles de presidencia, y el presidente Biden asimismo. Pero igualmente continuó fortaleciéndose y adquiriendo veterano sensatez como líder al enfrentarse a algunos de los desafíos más difíciles que cualquier presidente haya enfrentado en absoluto». El blanqueamiento del cliente a un stop precio para la política estadounidense, pero que enriqueció el faltriquera del consejero.

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