En el imaginario popular dominicano existe una habilidad tan vieja como manipuladora, que es el reconocido “paño con pasta”. Cada vez que se anuncia la recepción del presidente de la República a una comunidad, de inmediato aparecen brigadas tapando hoyos, pintando aceras y limpiando calles que llevaban meses en total descuido.
Esto así, para que cuando el mandatario pase crea que todo marcha sobre ruedas. Pero la verdad, una vez el convoy presidencial se aleja, la pintura se poso, los huecos reaparecen y el pueblo regresa a su dolorosa sinceridad.
Este teatro del maquillaje institucional refleja una civilización de simulación que ofende la inteligencia del ciudadano. En ocupación de transparentar los problemas para que el presidente los conozca de primera mano y tome decisiones acertadas, se le miente con escenarios ficticios.
De esa modo, los funcionarios locales quedan adecuadamente en presencia de sus superiores, pero el país pierde una valiosa oportunidad de mejorar. El “paño con pasta” no solo tapa baches; además es una metáfora del manejo superficial del Estado.
Guiar no es representar eficiencia, sino resolver las causas de los males que afectan a la muchedumbre. Lo que necesita el presidente no es que le muestren un pueblo de cartón, sino que lo enfrenten a la sinceridad cruda: las calles destruidas, barrios sin agua, hospitales sin insumos y jóvenes sin oportunidades.
Engañar al presidente es, en el fondo, engañar a la nación. Es reproducir un sistema donde el maquillaje vale más que la mandato, y la apariencia más que la verdad. Allantar al presidente no sirve de ausencia, porque en el fondo a la muchedumbre que sufre tal o cual problema nadie los puede engañar con decoraciones momentáneas.
Porque el país no necesita paños con pasta, sino manos firmes y decididas que transformen su sinceridad.
![]()
Relacionado






