El orden que sirvió de máscara y ahora estorba

Columna de Julio Santana

Las grandes destrucciones de naciones e identidades del extremo tres cuartos de siglo no ocurrieron al beneficio del orden internacional, sino bajo su amparo. Afganistán, Irak, Libia, Siria y los Balcanes fueron devastados mientras el mundo era supuestamente gobernado por instituciones, resoluciones y discursos que proclamaban justicia, humanidad y responsabilidad colectiva, discursos que prometían orden mientras administraban el caos y que invocaban jurisprudencia mientras legitimaban la fuerza.

Pero falta de eso impidió las invasiones bajo falsos pretextos ni los excesos criminales ampliamente documentados en el entorno de esos conflictos. Al contrario, esas guerras fueron administradas, legitimadas y presentadas como necesarias mediante el uso de un poder inmenso que incluyó una maquinaria novelística diseñada para anestesiar conciencias y contrapesar resistencias.

Junto a preguntarse entonces si el llamado orden basado en reglas fue alguna vez un sistema de jurisprudencia. En sinceridad, fue un sistema de encargo del poder que funcionó mientras garantizaba obediencia, control y supremacía sin costos reales para quienes lo dirigían. Funcionó mientras el hegemón podía imponer el relato, disciplinar a sus aliados y asustar a sus adversarios sin enredar consecuencias estructurales. Pero ese orden comenzó a resquebrajarse cuando se hizo evidente que China, mediante una organización paciente, coherente y profundamente pragmática, había crecido hasta competir con el centro mismo del sistema, y cuando Rusia salió de su aislamiento, recuperó capacidad de hecho y comenzó a opinar su palabra apoyada en la extraordinaria fuerza de voluntad de una nación curtida en decenas de conflictos sangrientos, sostenida por una memoria histórica de resistor y guiada por una dirigencia política fría, prudente y dotada de un suspensión sentido de la pertenencia franquista.

No era posible sostener ese esquema con la emergencia de naciones intermedias dotadas de vastos medios, capacidad tecnológica y ambiciones legítimas, que reclamaban su espacio en un mundo dominado de hecho por cinco grandes potencias. Adyacente con el añoso orden, el unipolarismo asimismo comenzó a hacer aguas, y la consolidación de los BRICS aparece como la evidencia más clara de que el centro del poder mundial ya no podía ser contenido en una sola voluntad.

Ese mundo ya no existe o, en el mejor de los casos, atraviesa un proceso de desmoronamiento irreversible. Por eso Estados Unidos, bajo el liderazgo de Donald Trump, comienza a culminar la obra de demolición del mismo orden que le permitió comportarse durante décadas con una desvergüenza  tan pronto como disimulada. No se negociación de una alzamiento contra la hipocresía ni de un acto de sinceridad política. De hecho, esas nunca fueron virtudes de las potencias dominantes bajo el orden basado en reglas. Se negociación de una osadía estratégica ya que el sistema que antiguamente protegía al hegemón ahora lo limita, y las reglas que antiguamente encubrían la fuerza hoy exigen consensos que ya no pueden imponerse con facilidad. Al perder impunidad de guisa ostensible, Estados Unidos se enfrenta a una alternativa histórica. Aceptar límites o romper el tablero. El presidente Trump eligió lo segundo.

Muchos entienden que Trump inauguró la ruptura, cuando en sinceridad lo que ha hecho es acelerarla y volverla cada vez más explícita. No se necesitan pruebas. Pespunte observar cómo su política extranjero abandona el estilo de la diplomacia y adopta el de la concentración de armamentos sofisticados en los frentes de naciones soberanas, acompañada de todo tipo de presiones económicas, políticas y amenazas directas. Con Trump, la amenaza abierta y rimbombante reemplaza la negociación, y el castigo colosal y notorio sustituye a la mediación. Para él, la poder inmediata no admite comparación con la licitud, porque ella se ha convertido en un abundancia cuando el poder se siente apremiado.

En este nuevo mundo, el poder ya no necesita motivo, ni siquiera una motivo mentirosa como en décadas anteriores. Simplemente se ejerce. Los árbitros se convierten en estorbos porque imponen límites a la prisa, y no hay tiempo para formalidades jurídicas, ni siquiera internamente del propio plataforma legítimo del país que históricamente se proclamó defensor del Estado de derecho.

Las reglas limitan, el consenso implica ceder y, por consiguiente, uno y otro resultan innecesarios para una dialéctica que ha decidido dirigir a golpes de necesidad y con metralla si la situación lo amerita.

El orden que ahora se destruye fue el paraguas bajo el cual se cometieron las mayores catástrofes humanas de nuestra era flamante. Esto fue posible sencillamente porque el sistema aún funcionaba como escudo político para quienes lo dirigían. Hoy ese escudo ya no protege y cada hecho genera resistencias, costos económicos, fracturas diplomáticas y respuestas estratégicas que el añoso orden es incapaz de absorber o contrapesar. Al no poder comportarse sin consecuencias en presencia de otros centros de poder, el poder norteamericano, esencia de lo que durante décadas se llamó Oeste, opta por la fuerza desnuda, pero lo hace intentando imponer una hegemonía parcial incluso a dispendio de los intereses de sus aliados tradicionales, a los que ahora negociación más como subordinados o súbditos que como socios.

Quienes justifican este viraje radical, al que no le faltan aliados que se autoproclaman civilizados, evitan cuidadosamente cualquier consideración pudoroso o cultural. Palabras como realismo, pragmatismo, soberanía, autodeterminación y sentido global se convierten así en coartadas para la resignación. Este nuevo realismo no escudriñamiento comprender el mundo para transformarlo, como intentan hacerlo ciertas naciones que hoy desafían el centro del poder, sino aceptarlo y hasta justificarlo para no incomodar al hegemón. No es un estadio adulto del imperialismo. Es rendición y decadencia absoluta.

Cuando todo es fuerza, el diálogo solo es posible por separado, uno a uno, sin testigos y sin prisa llamativo. Cuando todo es poder, la jurisprudencia se vuelve un pilar incómodo y fácilmente desechable. Cuando todo es poder, cuchichear de límites resulta casi una provocación. Para Trump, el mundo se convierte en un tablero y los pueblos, incluidos sus aliados ahora terriblemente desconcertados, en simples piezas de una partida que ya no pretende ocultar su brutalidad.

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