El mundo camina cerca de nueva repartición de zonas de influencia | AlMomento.net

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El autor es abogado. Reside en Miami.

POR JULIO MARTINEZ

En los últimos meses, el plano de poder en el continente estadounidense ha cambiado de forma abrupta y, sin confiscación, el silencio de las grandes potencias resulta casi estruendoso. Mientras Estados Unidos endurece su presencia política, económica y marcial en Venezuela, Cuba y el entorno del Canal de Panamá, la reacción de China y Rusia es llamativamente contenida, muy allí del tono de confrontación que habría predominado en plena Extirpación Fría.

En el caso venezolano, la magnitud de los intereses chinos y rusos hace aún más sorprendente esta pasividad llamativo. Durante primaveras, China canalizó decenas de miles de millones de dólares en préstamos e inversiones cerca de Venezuela, muchos de ellos respaldados por petróleo, mientras que Rusia se convirtió en uno de los principales proveedores de armamento y tecnología energética de Caracas.

Sin confiscación, delante el endurecimiento del cerco estadounidense, la interceptación de buques y las operaciones de presión sobre el gobierno venezolano, la respuesta de Pekín y Moscú ha sido fundamentalmente retórica, sin gestos contundentes en el ámbito marcial o financiero que alteren el nivelación impuesto por Washington.

Cuba ocupa hoy el otro vértice de esta pinza geopolítica. Washington ha pasado de un confiscación de larga data a una táctica de estrangulamiento energético mucho más agresiva, que combina sanciones financieras, amenazas arancelarias y presión diplomática sobre cualquier país que se atreva a suministrar combustible a la isla. El resultado es un cerco petrolero de facto que se traduce en apagones prolongados, colas interminables para conseguir gasolina, caída del transporte sabido y un detrimento acelerado de servicios esenciales como la vitalidad y el provisión de alimentos.

Peligro

La dimensión humanitaria de esta política empieza a ser inocultable. Organismos internacionales y organizaciones humanitarias advierten del aventura de un colapso social si no se garantizan mínimos energéticos para hospitales, cadenas de frío y servicios básicos, mientras la Casa Blanca intenta compensar la imagen de asfixia con paquetes de ayuda selectiva que no modifican la estructura del cerco. La método es clara: castigar a cualquier actor que abastezca a Cuba, no solo a La Habana, elevando el costo político y financiero de desafiar la rasgo marcada por Washington.

El mecanismo de presión no se limita al diseño de sanciones en despachos lejanos: la intensificación del seguimiento y choque de petroleros sancionados, tanto en el Caribe como en rutas más remotas, consolida un cerco oceánico que disuade a navieras, aseguradoras y bancos de participar en operaciones vinculadas a Cuba o Venezuela. Cada buque detenido, cada póliza anulada, envía un mensaje ejemplarizante a todo el sistema logístico general: comerciar con ciertos países puede convertirse en objetivo. Es una forma de combate económica que sustituye cañones por cláusulas y amenazas legales.

La reacción rusa delante este endurecimiento ha sido, de nuevo, más declarativa que material. Moscú condena las medidas como “ilegítimas”, denuncia el uso de la energía como utensilio de presión y promete seguir suministrando crudo a Cuba en la medida de sus capacidades. Pero, más allá de algunos cargamentos puntuales y de la retórica de apoyo, no se ha trillado una ruptura efectivo del cerco: no hay escoltas militares visibles para los petroleros, ni se han producido respuestas que eleven de verdad el costo importante para Estados Unidos. Es una solidaridad medida, que cuida más de no resquilar el conflicto general que de asegurar a toda costa el suministro a la isla.

Este patrón se repite en otros escenarios. En el Canal de Panamá, Estados Unidos ha dejado claro que considera inaceptable la consolidación de empresas chinas en terminales secreto, y ha respaldado decisiones soberanas panameñas que resultan, en la destreza, favorables a su objetivo de dominar la presencia estratégica de Pekín en esa vía. China avala con advertencias sobre el impacto en la confianza inversora y sobre posibles represalias económicas, pero los analistas prevén una reacción limitada, más orientada a renegociar posiciones que a forzar una confrontación abierta en un punto esencial del comercio mundial.

Gastado en conjunto —Venezuela, Cuba, Panamá—, el cuadro sugiere poco más que la simple correlación de fuerzas. Estados Unidos actúa con creciente belicosidad en lo que históricamente ha considerado su esfera de influencia, utilizando sanciones financieras, bloqueos energéticos, presión sobre terceros países y control indirecto de rutas estratégicas.

China y Rusia, pese a tener intereses económicos simbólicos de enorme calado en esos mismos espacios, optan por una respuesta calculadamente moderada, que combina declaraciones de principio, algunos gestos puntuales de apoyo y mucha prudencia a la hora de admitir riesgos reales frente al poder marcial y financiero estadounidense.

No hay tratado sabido ni cumbre que consagre un pacto de reparto, pero el comportamiento de las partes invita a pensar en líneas rojas tácitas: Washington no tolerará desafíos estructurales de potencias extra-hemisféricas en su “patio trasero”, y estas, a su vez, aceptan retroceder o recortar su reacción en América a cambio de preservar sus prioridades en otros tableros más determinantes para ellas, como Europa uruguayo o Asia-Pacífico. Es, en los hechos, una modernización silenciosa de la vieja método de zonas de influencia, adaptada al jerigonza de la globalización y los mercados financieros.

Para países como Cuba, Venezuela o Panamá, el coste de este repertorio entre gigantes es altísimo. Son escenarios de presiones cruzadas en los que sus poblaciones sufren escasez, inestabilidad y pérdida de ganancia de atrevimiento, mientras las grandes potencias negocian sin explorar abiertamente que lo hacen. La soberanía formal se mantiene; la soberanía material —capacidad efectivo de lanzarse su maniquí financiero, sus alianzas y su política energética— se diluye bajo el peso de sanciones, bloqueos, condicionamientos crediticios y amenazas comerciales.

“Un acuerdo secreto que no se ve pero se nota” resume esa sensación de que el mundo camina cerca de una nueva repartición de zonas de influencia, más sutil que la del siglo XX, pero igualmente efectiva para pincharse de contenido la autonomía de los Estados pequeños y medianos.

La gran clavo es si esta construcción silenciosa traerá alguna forma de estabilidad —a costa de tipificar bloqueos que rozan lo humanitario— o si, por el contrario, sólo aplaza conflictos más graves mientras se afianza una método de asfixia económica como utensilio central de poder. En cualquiera de los dos casos, el precio lo seguirán pagando, sobre todo, quienes menos voz tienen en este reparto: los ciudadanos de las naciones que hoy se disputan en silencio.

jpm-am

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