El autor es médico. Reside en Santo Domingo
POR VICTOR GARRIDO PERALTA
Hay preguntas que parecen simples, pero cargan siglos sobre los hombros.
Una de ellas regresa siempre, como eco inexcusable: ¿quién fue el primer Hermoso que echó raíces permanentes en suelo dominicano?
Pronunciar un patronímico es convocar un pasado. Pero el pasado no siempre rebate. A veces cumplimiento silencio, se repliega, se protege detrás de páginas rotas, incendios, migraciones, olvidos.
La genealogía —cuando se practica con honestidad intelectual— no es solo la ciencia de lo que encontramos. Es, sobre todo, la conciencia de lo que error.
El fundador que pudo perderse

Imaginemos el género como un río.
Lo vemos orondo frente a nosotros; sabemos que proviene de algún punto remoto. Sin requisa, al intentar remontarlo aparecen bifurcaciones, tramos subterráneos, evaporaciones de memoria.
Los archivos del Caribe colonial no fueron creados para satisfacer nuestras inquietudes del siglo XXI. Eran instrumentos fiscales, jurídicos, administrativos. Registraban tributos, pleitos, propiedades. La vida íntima —los matrimonios humildes, los hijos nacidos allá de las ciudades, los afectos cotidianos— muchas veces quedó fuera de la tinta.
Por eso un patronímico puede repetirse durante generaciones sin que sepamos con precisión quién lo sembró primero.
Cuando la historia estaba en movimiento
El Caribe temprano no conocía quietud.
Era un comarca de idas y vueltas. De Santo Domingo a Puerto Rico. De allí a Cuba. Luego a Tierra Firme o a México. Algunos regresaban; otros desaparecían del radar documental.
Juan Hermoso encarna esa movilidad extraordinaria. Estuvo en La Española, pasó por otras islas y terminó en México, donde la tradición le atribuye la primera siembra de trigo del continente.
¿Pudo dejar descendencia aquí? Es posible.
¿Podemos afirmarlo con prueba definitiva? Aún no.
Y distinguir ese remate no es derrota. Es respeto por el método.
Los enemigos del papel
Luego están las pérdidas materiales: huracanes, incendios, guerras, humedad, negligencia.
Cada folio que hoy consultamos es un sobreviviente. Un náufrago rescatado del océano del tiempo.
Por cada partida preservada, decenas desaparecieron.
La genealogía caribeña se parece, a menudo, a restaurar una catedral con piedras dispersas.
Las trampas del nombre
A ello se suma la variabilidad gráfica. Un escribano anotaba: Hermoso. Otro escribía Garido. Un tercero añadía una “s”.
La ortografía era más sonido que norma.
Así, ramas que hoy creemos distintas pudieron ser una sola, y familias que imaginamos unidas quizá tuvieron orígenes múltiples.
El locución de nuestra época
Pero vivimos una hora extraordinaria.
Por primera vez, millones de documentos se digitalizan. Lo que ayer exigía cruzar el Atlántico ahora cerca de en una pantalla. Los catálogos crecen, los índices se refinan, la cooperación internacional conecta hallazgos dispersos.
La genética además entra en número. El ADN abre diálogos donde el papel calla. Tiende puentes entre continentes, confirma parentescos improbables, desmonta mitos cómodos.
No garantiza certezas absolutas.
Pero amplía el horizonte de lo posible.
Estamos en la frontera entre la memoria heredada y la reconstrucción científica.
Lo que verdaderamente buscamos
Tal vez nunca encontremos un memoria definitiva que diga: aquí comenzó la lista continua.
Quizá el manantial fue tragado por la tierra.
Pero nunca habíamos estado tan cerca de aproximarnos a él.
Porque hoy entendemos poco esencial: investigar un patronímico es investigar además la nación. Los vacíos de nuestra comunidad reflejan los vacíos de la historia dominicana. La fragmentación del archivo es espejo de la complejidad de nuestro origen mestizo, migrante, plural.
Ningún género antiguo de la isla escapa a este destino.
La ética del investigador
Por eso el camino exige una promesa.
No inventar donde el documento calla.
No convertir el deseo en evidencia.
No elaborar afabilidad donde hubo humanidad global.
La verdad histórica no necesita adornos. Necesita paciencia.
El conquistador que se quedó
Existe una figura que rara vez protagoniza los grandes relatos, pero que tal vez explique más que cualquier héroe: el hombre que decidió no retornar.
Los registros tempranos están llenos de nombres que pasan. El movimiento era la norma; la permanencia, la excepción.
Pero algún tuvo que quedarse.
Cierto aceptó la tierra como destino y no como escalera. Sembró, contrajo deudas, levantó casa, mezcló su cepa, aprendió los ritmos del clima, enterró a sus muertos aquí. En ese acto silencioso comienza verdaderamente una comunidad.
Ese hombre pudo no ocurrir dejado más monumento que su continuidad biológica.
Tal vez el primer Hermoso dominicano no fue célebre.
Tal vez fue necesario.
Pero aquí el historiador detiene la imaginación. Sin documentos, la número es posibilidad, nunca afirmación.
Y aun así, la hipótesis nos transforma: el inicio pudo haberse producido allá de los focos del archivo, en la vida ordinaria.
Si fue así, no lo perdimos por descuido.
Lo perdimos porque su tiempo; no sabía que algún día intentaríamos hallarlo.
El Hermoso invisible
Hay vidas que sostienen el edificio del tiempo sin aparecer en la figura.
La mayoría transitó por márgenes donde el escribano rara vez miraba. Y si nuestro género tomó forma allí, su señal no se extravió: simplemente nunca fue prioridad para la memoria oficial.
Desde hoy, ese silencio parece injusto.
Para su época, era natural.
El investigador novedoso aprende entonces a ojear ausencias. Padrinazgos aislados. Testigos ocasionales. Nombres incompletos.
Fragmentos.
Sombras que afirman presencia sin revelar todavía el rostro.
Si nuestro antiguo pertenece a esa multitud sin monumentos, la búsqueda adquiere otra dignidad: perseguimos la verdad de la masa global que levantó el país con trabajo incógnito.
La marcha deja de ser fracaso.
Se vuelve declaración social.
El puente entre archivo y genética
Durante siglos trabajamos con papel. Cuando callaba, creíamos ocurrir llegado al remate.
Hoy otra memoria rebate.
El ADN funciona como una segunda biblioteca. No reemplaza al archivo, pero lo desafía. Donde la escritura discriminaba, la biología registra.
Surgen proximidades improbables. Ramas separadas por océanos descubren afinidades. Apellidos autónomos revelan entrelazamientos.
Pero la genética no ofrece nombres ni fechas. Entrega compatibilidades que el historiador debe traducir.
Abre puertas; no escribe biografías.
La ciencia, así, no humilla la tradición ordinario.
Purifícalo.
El río ya no se explora solo en torno a detrás.
Incluso fluye adentro de nosotros.
El manantial como proceso
A posteriori de tanto apañarse, una sospecha madura.
¿Y si el fundador no fue una persona, sino una continuidad de permanencias?
Quedarse. Trabajar. Unirse. Tener hijos. Resistir.
Una y otra vez.
Cada mestizaje fue un nuevo aparición.
Cada alianza, una refundación.
Nuestra fuerza no proviene de la homogeneidad.
Proviene de la convergencia.
Si somos fruto de múltiples aportes —algunos visibles, otros borrados—, la tarea no es erigir pedestales, sino custodiar la memoria con honestidad.
El seguro fundador quizá no tenga rostro.
Pero tiene herederos.
Somos nosotros.
El manantial no solo está detrás.
Incluso está al frente.
Inquirir, con rigor y humildad, es ya una forma de pertenecer.
jpm-am
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