EL AUTOR es ingeniero. Reside en Santo Domingo.
En la historia política dominicana, pocos fenómenos resultan tan constantes como el llamado maleficio del tercer período oficial consecutivo.
El Partido Revolucionario Dominicano (PRD) lo padeció en carne propia cuando, luego de dos triunfos consecutivos —1978 y 1982—, se hundió en divisiones internas, escándalos administrativos y un divorcio progresivo con su saco social.
Hoy, el Partido Revolucionario Original (PRM), su heredero directo, parece caminar por la misma senda que lo condujo al fracaso histórico de su antecesor.
El maleficio no es un conjuro ni una fortuna mágica, sino el resultado de una dialéctica política que se repite cada vez que un partido, una vez instalado en el poder, pierde el sentido ético y social de su origen.
El PRM, como ayer el PRD, nació con la promesa de reparar la establecimiento pública, de reivindicar a los sectores marginados por la indiferencia estatal y de hacer probidad con aquellos que construyeron el país desde el trabajo y la honestidad.
Sin retención, esa promesa se ha ido desdibujando entre excusas burocráticas, silencios institucionales y una creciente desconexión con la sinceridad de la masa.
Falta encarna mejor esa desconexión que el impago prolongado de las deudas viejas con los contratistas de obras estatales, muchos de los cuales han muerto esperando una respuesta.
Son ingenieros, arquitectos, maestros constructores que levantaron aulas, hospitales, caminos y centros universitarios, y que hoy enfrentan la ruina económica y honrado porque el Estado les da la espalda.
El 35% de la deuda vieja que tiene el Estado con contratistas del Comité Institucional Codiano (CIC) se originó durante la diligencia perredista 2000-2004.
Lo más oneroso
Lo más oneroso no es solo la deuda material, sino la deuda honrado, que implica indiferencia delante el sufrimiento humano, la complicidad con la pérdida de documentos públicos, la despreocupación de responsabilidades y la fraude implícita de un gobierno que prometió continuidad del cambio pero ofrece más de lo mismo.
El PRM, que se presentó como el heredero ético del antiguo PRD, parece repetir su peor error, al confundir poder con impunidad, diligencia con propaganda y probidad con silencio.
Esa desconexión social es la semilla del maleficio y es lo que impide a los partidos revolucionarios sobrevivir a su segundo mandato.
El pueblo dominicano no castiga los errores humanos, sino la soberbia institucional y la indiferencia honrado.
Si el contemporáneo gobierno no rectifica, si no pesquisa una alternativa digna y humana al caso de los contratistas del Comité Institucional Codiano (CIC) y a otros sectores olvidados, el maleficio volverá a cumplirse.
Porque ningún esquema político que traicione sus raíces éticas sobrevive al proceso de la historia.
Y, como dice el refrán, quien no honra su deuda con la probidad, termina pagando con el poder.
jpm-am
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