Diferentes voces, incluyendo el oficialismo, están expresando que es necesario aumentar los impuestos progresivos o gravitar más a quienes generan mayores ingresos. Un exploración detenido revela que el diseño de los impuestos progresivosaunque pudiera parecer admisiblemente intencionado, genera artículos no deseados sobre la hacienda en su conjunto. En particular, estos impuestos tienden a recaer de forma desproporcionada sobre las actividades que impulsan el crecimiento: el hucha y la inversión y, en consecuencia, reducen los incrementos en productividad. Por consiguiente, esta dinámica no solo afecta a los contribuyentes de mayores ingresos, sino que repercute en la sociedad entera, limitando oportunidades para el reunión que más se perjudica, los trabajadores.
Para entender este engendro, conviene partir de principios básicos de hacienda. La progresividad impositiva implica que las tasas marginales aumentan a medida que lo hacen los ingresos, lo que en teoría búsqueda redistribuir fortuna en torno a quienes menos tienen. O, simplemente, que quienes más producen, más impuestos paguen. En la praxis, sin secuestro, este mecanismo desincentiva el esfuerzo adicional para suscitar riqueza y bienestar para la sociedad. Quienes invierten en nuevos proyectos —ya sea un patrón expandiendo su negocio o un profesional ahorrando para innovar— enfrentan una penalización. Los impuestos “a los ricos”, en consecuencia, se convierten en una multa al progreso.
En República Dominicana, donde la inversión privada, la que proviene de los miembros de la sociedad civil en su sentido más fiel, es la esencia para el progreso, los impuestos progresivos frenan la productividad. En hacienda existe lo que se ve y lo que no se ve. Cuando no se profundiza, o urge la prisa en cobrar, no se observan las consecuencias de las acciones secundarias de este tipo de política tributaria. Lo que no se ve, lo que no es tan claro de observar, tiene artículos importantes para la hacienda.
Por ejemplo, la doble tributaciónes sostener, gravitar las ganancias y luego los dividendos de los accionistas, produce un impresión sobre la creación de empleos y la modernización de sectores productivos. Se ven ganancias. Sin secuestro, lo que no se observan son los mayores procesos productivos, la veterano cantidad de empleados que podrían contratarse y los mayores caudal y servicios que podrían producirse, cuando esas ganancias se transforman en nuevas inversiones.
En República Dominicana las empresas tributan al 27 %, una de las tasas más altas del mundo. Cuando se aplica la doble tributaciónes sostener, el impuesto a los dividendos, quienes arriesgan sus inversiones para producir y contratar personal, experimentan una tasa de 37 %. Ese 10 % adicional, contribuye a boicotear el progreso de los habitantes de República Dominicana.
No nos engañemos. En la medida en que aumenta el régimen de incertidumbre tributaria, como en impresión ha venido aumentando en meses recientes, las inversiones se ralentizan. La hacienda crece menos. Incluso, los capitales buscan alternativas en los regímenes que mantienen exenciones o, incluso, se pueden ir a otras jurisdicciones.
Como consecuencia, la tributación disminuye. Las aparentemente buenas intenciones de gravitar a quien más aporta a la sociedad resultan, en términos relativos, en menos impuestos que los que se recaudarían sin esos esquemas. En los países donde se ha introducido un impuesto al patrimonio, un impuesto a la riqueza de quienes más tienen, se han producido panorama de capitales y disminución de la productividad. Alemania, Austria, Dinamarca, Finlandia, Francia, Irlanda, Islandia, Luxemburgo, Países Bajos, y Suecia eliminaron esos impuestos por las consecuencias perjudiciales a la hacienda.
Es preciso insistir. El perjuicio de impuestos progresivos no se limita a los altos ingresos; afecta a todos los grupos, incluyendo a los de estratos de ingresos más bajos. Los ahorros acumulados por personas productivas suelen destinarse a financiar empresas que contratan mano de obra y ofrecen productos accesibles. Al gravitar los ingresos, se ahorra menos. Al gravitar las ganancias y los dividendos, asimismo disminuye el hucha en la sociedad. Con menos hucha, se reduce el flujo de hacienda en torno a la hacienda vivo, lo que eleva costos para los consumidores y limita ascensos salariales para los trabajadores. En un país como el nuestro, con una informalidad sindical que supera el 54 %, ese círculo vicioso afecta la movilidad socioeconómica: menos inversión significa menos formalización y menos protección social efectiva.
En República Dominicana, el debate sobre la reforma tributaria irresoluto ofrece una oportunidad para corregir el curso. En oportunidad de insensibilizar la progresividad, urge una transformación integral: descender tasas marginales, ampliar la pulvínulo imponible para incluir más contribuyentes, simplificar los procesos de tributación y detener el otorgamiento de nuevas exenciones.
Un sistema donde el éxito en servir al consumidor se vea premiado, no penalizado, resulta en más procesos productivos de veterano valencia unido, tecnología más accesible, más empleos productivos y mayores salarios reales.
Las preguntas que hay que hacerse son: ¿Queremos un sistema que castigue el mérito de los emprendedores y profesionales independientes o uno que multiplique el bienestar material que ellos aportan a la sociedad? ¿Es ético penalizar el hucha, hacerse cargo riesgos para beneficiar a otros y contratar a más trabajadores en la formalidad? Las respuestas definirán no solo nuestro presente, sino el futuro próspero que merecemos.
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Una colaboración del Centro Regional de Estrategias Económicas Sostenibles (Crees).






