Por Sabina Alkire y Michelle Muschett
La trayectoria de progreso de América Latina y el Caribe atraviesa por una etapa de vulnerabilidad e incertidumbre sin precedentes. Los significativos logros de décadas pasadas y la posibilidad de seguir progresando se ven amenazados por el impacto de las crecientes tensiones geopolíticas, desafíos estructurales pendientes y el incremento de crisis de distinta naturaleza —ambientales, políticas, sanitarias, tecnológicas y sociales— que se entrelazan y potencian entre sí, magnificando su impacto y desbordando la capacidad de respuesta de las instituciones. Delante este panorama, se impone una pregunta fundamental: ¿cómo proteger las ganancias en materia de progreso humano, al tiempo que se continúa avanzando interiormente de esta nueva efectividad?
La respuesta la encontramos en la propia esencia del concepto de progreso humano. Desde su formulación por los autores del primer Mensaje sobre Exposición Humano del PNUD en 1990, los economistas Amartya Sen y Mahbub ul Haq, el foco de este concepto se centra en ampliar las capacidades de las personas para que podamos tener vidas que consideremos valiosas y significativas. No se alcahuetería solo de ingresos o capital materiales, sino de vitalidad, educación, décimo, confianza y dignidad. Pero el progreso humano no es invariable y puede estar sujeto a retrocesos. Para proteger sus avances frente a choques recurrentes y continuar ampliando capacidades, es esencial de dotar al progreso de resiliencia como requisito incondicional.
Más allá de resistir
En el contexto del progreso humano, la resiliencia no se reduce a resistir o sostener los impactos sobrevenidos, ni a restablecer el estado antecedente. Es la capacidad y agencia del ser humano de disfrutar vidas valiosas de tal modo que pueda aprestar o mitigar el impacto de crisis, en su vida y la de su comunidad, y en caso regalado, de poder alegrar vidas valiosas y continuar prosperando. Supone que las personas y comunidades podamos reorganizarnos, adaptarnos y seguir delante, incluso —y, sobre todo— en medio de la adversidad. Un sistema es resiliente no porque sea inmune a los choques, sino porque sabe objetar de forma efectiva, instruirse de la experiencia y salir fortalecido.
Así como una casa es resiliente si, aun con materiales modestos, resiste el temblor, protege a sus habitantes y permite seguir viviendo, un sistema de vitalidad lo es si frente a una pandemia, pese a sus limitaciones, reorganiza sus fortuna, moviliza a su personal, acoge voluntarios, solicita y absorbe ayuda externa, brinda apoyo psicológico, reconoce el esfuerzo colectivo y deja capacidades instaladas para malquistar futuras emergencias. Lo esencial no es evitar todo daño -esto no sería posible-, sino reaccionar con sentido y reforzar el sistema a partir de la experiencia. En conclusión, la resiliencia no se improvisa, se construye.
Agencia, capacidades y seguridad humana
Un progreso humano resiliente se sostiene sobre tres pilares fundamentales: las capacidades, la seguridad humana y la agencia. Las capacidades son las oportunidades reales que tenemos las personas para comportarse una vida que consideramos valiosa: estar sanas, instruirse, participar, trabajar con dignidad. La seguridad humana protege ese núcleo esencial frente a amenazas persistentes o repentinas, como el escasez, la violencia, los desastres naturales o las enfermedades. La agencia, por su parte, es la capacidad de desempeñarse según los propios títulos. No se alcahuetería solo de sentirse parte y poder nominar, sino de influir activamente en la propia vida y en el entorno: organizarse, participar en lo divulgado, imaginar alternativas incluso en medio de la crisis.
Cuando las personas vivimos en contextos de término de libertades o de inseguridad —marcados por ejemplo por la violencia, la precariedad o la reserva— nuestra agencia tiende a debilitarse. Podemos retraernos, desconfiar de los demás, desmovilizarnos o adoptar posiciones extremas. Por eso, una visión resiliente del progreso no puede sujetarse a lo material: igualmente debe reforzar la confianza interpersonal y el sentido de pertenencia, el tejido emocional, relacional y cívico que nos permite desempeñarse, atreverse y restablecer.
Un enfoque urgente para América Latina y el Caribe
La menester de incorporar la resiliencia al progreso humano es particularmente apremiante en América Latina y el Caribe. Sin una perspectiva resiliente, cada crisis puede significar pérdidas importantes de progreso. Por el contrario, si los agentes y actores del progreso integramos la resiliencia en nuestra gobierno y manipular, es posible prepararnos mejor colectivamente, minimizar daños y cambiar los sistemas a partir de cada experiencia.
Esto implica desde la perspectiva de la gobierno pública, por ejemplo, que sus políticas públicas anticipen contextos de riesgos —como el diseño e implementación de sistemas educativos que funcionen igualmente en contextos de emergencia; sistemas de protección social que expandan la capacidad de los hogares para sobrellevar crisis, y que tengan mecanismos preestablecidos para expandir beneficios a aquellos que son impactados, o sistemas de cuidados que faciliten la reintegración al mercado profesional. Afianzar redes de apoyo comunitario y mecanismos de ayuda mutua y, sobre todo, reforzar las instituciones y capacidades personales y colectivas para anticipar, atreverse, desempeñarse y adaptarse.
Priorizar lo esencial, incluso con fortuna escasos
La resiliencia desde la perspectiva de las políticas públicas requiere inversión, planificación y consensos en torno a una visión de amplio plazo. Pero no siempre implica grandes esfuerzos presupuestarios aún en contextos fiscales limitados. La esencia está en innovar y priorizar lo esencial: identificar qué capacidades deben defenderse a toda costa, qué servicios deben mantenerse incluso en crisis, qué vínculos deben fortalecerse ayer de que se rompan. La innovación no es solo tecnológica. Es igualmente social, institucional y territorial, y la región ya está aplicando instrumentos con gran potencial de escalabilidad e impacto para cambiar realidades, ampliar capacidades y suscitar oportunidades donde ayer había reserva, como puede ser las aplicaciones innovadoras del Índice de Pobreza Multidimensional (IPM) o instrumentos de financiación inclusivos con impacto circunscrito.
El enfoque de resiliencia desde una perspectiva de progreso humano implica priorizar estratégicamente, tomar decisiones basadas en evidencia, y evitar la improvisación para respaldar impacto circunscrito y capacidad de agencia. Encima, al dar un puesto expreso a la prevención, la preparación y la recuperación en la dietario de progreso y presupuestos públicos, los costos futuros de las crisis pueden reducirse significativamente.
Una brújula de esperanza para tiempos inciertos
El progreso humano resiliente protege y adapta el concepto clásico de progreso humano a los desafíos de hoy. Combina la examen transformadora del progreso con la precaución de la seguridad humana y con el examen de las personas como agentes de su destino, aun en medio de la adversidad.
En un mundo con menos certezas, la resiliencia es una brújula ética, maña y esperanzadora. Para América Latina y el Caribe, es igualmente una oportunidad. No para resignarse al peligro permanente, sino para convertir cada desafío en un punto de apoyo para sociedades más justas y cohesionadas.
El futuro no está escrito, lo construimos juntos. La resiliencia colectiva debe estar en el centro de nuestras respuestas: es esencia para impulsar un crecimiento financiero y prosperidad compartida; para una financiación y políticas públicas innovadoras que permitan aprestar, mitigar y restablecer vidas tras una crisis; y para ampliar el sentido de pertinencia, aumentando la agencia y seguridad humanas. Solo desde la colaboración y la entusiasmo colectiva podremos construir un progreso y trayectorias de vida valiosas, dignas y resilientes para todas las personas.
Este artículo presenta un avance del Mensaje Regional sobre Exposición Humano 2025, titulado “Bajo presión: Recalibrando el futuro del progreso”, pulido por el Software de las Naciones Unidas para el Exposición (PNUD) en América Latina y el Caribe.






