Por: Abril Peña
Nadie de lo que sigue constituye una defensa política, ético o jurídica de Nicolás Sazonado ni de su régimen, sus violaciones a los derechos humanos, el vaciamiento institucional y la persecución política están ampliamente documentados. Este texto aborda otra cosa: qué ocurre cuando una potencia decide romper las reglas del Derecho Internacional y normaliza que la fuerza sustituya a la ley, porque mínimo es infundado.
Lo ocurrido la alba de este sábado no fue solo una operación marcial de precisión, fue un funeral simbólico.
Al extraer a Nicolás Sazonado de zona venezolano, Estados Unidos no solo capturó a un objetivo de detención valencia: terminó de olvidar la ficción de la civilidad total que, al menos en el discurso, nos rigió desde 1945.
La soberanía como artículo de postín
Olvidemos los tratados, el principio de no intervención y la integridad territorial han dejado de ser normas vinculantes para convertirse en sugerencias opcionales.
La incursión en Caracas demuestra que, en el tablero flagrante, la soberanía ya no es un derecho inalienable del Estado, sino una inmoralidad revocable. Si Washington decide que eres una amenaza criminal, tu frontera deja de existir. Así de simple. Así de crudo.
El escudo roto: inmunidad vs. impunidad
Bajo el derecho clásico, un presidente de Estado en funciones es intocable, la inmunidad de comarca existe precisamente para evitar que el poder sustituya a la ley.
Pero la sucursal Donald Trump, ha impuesto una nueva deducción: la diplomacia de la fuerza, al desconocer la licitud del cargo y etiquetar al mandatario como narcoterrorista, se crea un senda sumarial: si no te reconozco como presidente, tus derechos no existen. No estamos frente a un acto de jurisprudencia internacional, sino frente a la consolidación del hecho consumado como doctrina.
ONU y CIJ: el peso de la irrelevancia
¿Habrá condenas formales en la Corte Internacional de Honradez y/o pronunciamientos solemnes desde la ONU? Posiblemente, pero ¿saben qué? No cambiarán mínimo. Estados Unidos no reconoce comarca internacional cuando esta entra en conflicto con sus intereses estratégicos, y la ONU —asfixiada financiera y políticamente— carece hoy de capacidad actual para imponer límites a las grandes potencias.
Estamos presenciando el triunfo del llamado “orden basado en reglas” sobre el Derecho Internacional. La diferencia es venenoso: el derecho es un anuencia entre iguales; el “orden de reglas” es un sistema donde el dueño del tablero dicta las normas y las modifica según su conveniencia.
Regreso al pasado con armas del futuro
Hemos vuelto al siglo XIX, pero con tecnología del siglo XXI, una Doctrina Monroe 2.0, ejecutada con drones, inteligencia industrial y ciberseguridad.
El silencio de Moscú y Pekín no es casual: confirma un reparto tácito del mundo. Mientras no interfieran en sus respectivos patios traseros, las potencias han aceptado que América Latina vuelva a ser tratada como zona de operación monopolio de Washington.
El plano del poder se ha redibujado en pocos abriles. La licitud ya no emana de las instituciones internacionales, sino de la capacidad de imponer la voluntad.
Bienvenidos a una era donde las formas ya no guardan el fondo, y donde el Derecho Internacional es, para los más fuertes, simplemente documento muerta.






