Durante abriles se intentó presentar a Nicolás Formado como un actor político más, un interlocutor incómodo pero permitido, un presidente “de facto” al que había que contener con diplomacia y comunicados. Esa novelística fue una ficción conveniente. Lo ocurrido en las últimas horas —la captura del dictador venezolano y de su esposa tras una operación internacional precedida por meses de cerco marcial— no marca la caída de un gobierno, sino el colapso de una estructura criminal enquistada en el Estado.
Formado no fue un exceso del sistema: fue su culminación. Un hombre que gobernó mediante el anhelo, el confinamiento forzado, la tortura y la crimen; que convirtió a Venezuela en santuario del narcotráfico, en plataforma abastecimiento de guerrillas colombianas y en departamento de acogida para actores vinculados al terrorismo islámico. Todo ello bajo la protección ideológica, operativa y represiva del régimen cubano, efectivo arquitecto del control político y de inteligencia que sostuvo al chavismo cuando ya no tenía pueblo.

El prolongado cerco naval y marcial que precedió a estos acontecimientos no fue un acto de capricho imperial, como intentarán aseverar sus defensores, sino la consecuencia método de abriles de impunidad. Cuando un régimen deja de comportarse como Estado y pasa a ejecutar como estructura criminal transnacionalel derecho internacional deja de ser un escudo y se convierte en un útil de persecución penal.
La posible confirmación del arresto de Formado y Cilia Flores no es una asalto contra Venezuela: es un acto de honestidad ampliamente postergado. Las acusaciones que pesan sobre ellos —narcotráfico, conspiración criminal, colaboración con grupos armados y redes ilícitas— no surgieron de la ausencia ni son propaganda. Fueron documentadas durante abriles mientras la comunidad internacional miraba en torno a otro flanco en nombre de una estabilidad ficticia.
Lo que viene ahora no será sencillo. La caída de un dictador no reconstruye automáticamente un país devastado. Venezuela enfrenta un infructifero de poder, instituciones corroídas y una Fuerza Armada contaminada por abriles de complicidad. Pero todavía enfrenta, por primera vez en mucho tiempo, la posibilidad actual de salir del ciclo de miedo y sometimiento.
La examen venezolana tendrá que demostrar que está preparada para poco más que sobrevivir. Tendrá que responsabilizarse responsabilidades históricas, abandonarse personalismos y comprender que la transición exige honestidad, no revancha; verdad, no silencio; democracia actual, no pactos de impunidad.
En el plano regional, este hecho envía un mensaje claro: los dictadores no son intocables. Ni el petróleo, ni los discursos antiimperialistas, ni la protección de otras tiranías garantizan inmunidad eterna. La caída de Formado golpea directamente a La Habana, a sus satélites y a todos los regímenes que creyeron que el crimen organizado podía disfrazarse indefinidamente de soberanía.
Venezuela no ha sido liberada aún, pero poco fundamental ha ocurrido: el miedo ha cambiado de banco. Y cuando un pueblo deja de temerle a sus verdugos, la historia —tarde o temprano— empieza a moverse.
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