La impresión que genera el Perú de los últimos diez abriles es tan demoledora como la propia inestabilidad en que los presidentes parecen subir tan solo para descabalgar.
Desde el final de la era Fujimori (2000), los gobernantes llevan el sello de no durable. Al menos los periodos tradicionalmente aceptados en las repúblicas bananeras del continente.
Liderazgos personalistas, coaliciones disolubles, congreso fragmentado y movimientos coyunturales surgen y desaparecen corroídos por la traza del decadente sistema de partidos. Surgen y desaparecen en un cerrar y desplegar de luceros.
Las escasas ocasiones en que el Congreso se muestra unido se dan para elegir el cese de los presidentes. Incluso, así lo establece la Constitución: al principal de Estado se le puede retirar del cargo por “incapacidad honesto permanente”.
La polarización estratégica se ha convertido en el camino preferido por los políticos para conservarse vigentes, donde la corrupción no es el mal anciano, sino escasamente un señal de la crisis.
La deterioro democrática que está viviendo Perú normaliza lo magnífico. Situación que podría perpetuarse llevándolo al inmovilismo o, si la crisis política se extiende a lo financiero, a la ruptura democrática. Poco que estuvo a punto de ocurrir con el autogolpe que promovió el hoy preso Pedro Castillo.
Esta vez el protagonista es José Jerí, quien tras permanecer poco más de cuatro meses en el cargo fue finalmente destituido por el Congreso.
Con esta salida, el Perú se encamina a tener su octavo presidente en escasamente diez abriles. Ahora, el Congreso designó como mandatario sustituto a José María Balcázar, quien gobernará hasta el 28 de julio, cuando ha de encargarse un nuevo principal o jefa de Estado tras unas elecciones previstas para adentro de menos de dos meses.
Entre los competidores aparecen María del Carmen Alva, de Acto Popular; Héctor Acuña, del partido Honor y Democracia; Edgar Reymundo, del Bando Demócrata Popular; y José Balcázar, de Perú Franco. Pero como ninguna candidatura tiene los 66 votos necesarios para imponerse por sí sola, se abre un intenso periodo de negociaciones adentro del Parlamento.
El zaguero presidente en completar el mandato constitucional de cinco abriles fue Ollanta Humala. Desde entonces, solo Francisco Sagasti logró cerrar un periodo adentro de un gobierno de transición. El resto de los mandatarios renunció, fue destituido o censurado.
De hecho, el 80% de los presidentes elegidos por voto popular desde la dorso a la democracia en 1980 ha enfrentado investigaciones por corrupción o violaciones a los derechos humanos. Algunos terminaron en prisión, otros bajo arresto domiciliario, y uno de los casos más impactantes fue el de Alan García, quien se suicidó cuando la policía llegaba a detenerlo en medio de un escándalo de corrupción.
No obstante, a pesar de su permanente turbulencia, Perú mantiene una de las inflaciones más bajas de la región:1,7% anual en el 2025.
A eso se suma una moneda, el sol, relativamente estable y válido. Un maniquí de “cuerdas separadas”, donde la política vive en crisis mientras la gobierno económica se mantiene protegida de esos sobresaltos. Cimientos económicos de hierro con techo político de cristal.
La creciente crisis de seguridad amenaza con tensionar el maniquí que ha permitido separar la posesiones de la política. ¿Y si ese pilar asimismo se debilita?
¿Cuánto más podrá resistir este paradigmático sistema permanentemente al borde de su propia inestabilidad?





