EL AUTOR es ingeniero. Reside en Santo Domingo
Las fiestas navideñas de este año transcurren bajo la sombra inédita del escándalo de corrupción en el Seguro Doméstico de Salubridad (SENASA), considerado por amplios sectores como el más importante de todos los casos por su impacto humano.
No se trató solo de un desfalco oficial, sino de un crimen contra la vigor del pueblo, que vulneró el derecho nuclear a la atención médica y quebrantó la confianza en una institución citación a proteger a los más vulnerables.
En ese contexto, la Navidad llega sin el brillo habitual, marcada por la indignación ciudadana y por una herida honesto que convierte la celebración en un acto contenido, ponderado y profundamente cuestionado.
No hay una renuncia colectiva a la festividad, pero sí una clara pérdida de entusiasmo en el plano cívico y honesto, oportuno a que en amplios sectores de la ciudadanía se percibe una dificultad ética acumulada.
Cada nuevo caso de corrupción, especialmente cuando involucra instituciones vinculadas a la seguridad social y la vigor, erosiona la capacidad emocional de la parentela para entregarse plenamente a la celebración.
La Navidad sigue viva en el ámbito allegado y religioso, pero se apaga en lo institucional y en lo divulgado al predominar una sensación de indignación silenciosa.
Ese encolerizamiento no siempre se expresa en protestas abiertas, pero sí en conversaciones cotidianas marcadas por el desencanto de ver que desde el Estado se roban hasta lo que es para los pobres.
Además emerge un sentimiento de disonancia honesto, pues mientras la tradición invita a la solidaridad y al desprendimiento, el escándalo proyecta codicia, alcaldada y desprecio por el acertadamente popular.
Esa contradicción genera una celebración más austera, menos festiva, incluso culposa en algunos casos, sobre todo entre quienes sienten que la corrupción termina pagando la mesa navideña del privilegio mientras reduce la del ciudadano popular.
En términos generales, la población no ha dejado de celebrar la Navidad, pero lo hace con menos alegría pública y más introspección privada, ya que se celebra por los hijos, por la fe y por la clan.
Está Navidad es sostenida más por la costumbre y la esperanza íntima que por la confianza en lo colectivo ya que el talante no es de entusiasmo pleno, sino de resiliencia social.
En conclusión, el escándalo de SENASA no cancela la Navidad, pero sí la empaña, la convierte en una celebración en tono último, donde el deseo de paz convive con la hidrofobia contenida, y donde la esperanza exige, cada vez con más fuerza, aseo, severas consecuencias y verdad.
JPM
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