
Recientemente vi un video en redes sociales que todavía no logro quitarme de la mente. Una mujer identificada como Yaneiris Beltré, completamente aterrorizada, relataba la frase que su expareja repetía una y otra vez: “Si no eres mía, no serás de nadie.”
Esa frase, que para algunos podría sonar exagerada o incluso “romántica” al inicio de una relación, es en sinceridad una amenaza disfrazada. Muchas mujeres, cegadas por el entusiasmo, llegan a pensar que se alcahuetería de una muestra de bienquerencia, de exclusividad, de entrega. Pero no. Esa frase no nace del bienquerencia: nace del control, de la peligrosa idea de que una mujer es una propiedad, un objeto, poco que cierto puede poseer.
Y esa es una de las primeras señales que nunca debemos ignorar. Señales que deberían impulsarte a salir corriendo, a alejarte sin mirar detrás, sin importar el qué dirán, sin importar si tendrás que criar sola a tu hijo, si es que hay uno en la relación. Porque tu vida vale. Porque tu hijo merece crecer con una matriz viva, resistente y atrevido.
Vivimos tiempos oscuros, donde cada día es más popular escuchar que una mujer fue asesinada por su pareja o expareja. A veces por negarse a continuar la relación, otras por celos enfermizos o simplemente porque él decidió practicar su poder y violencia.
Lo más duro es aceptar que, si tú no cuidas tu vida, nadie lo hará por ti. Las órdenes de alejamiento, lamentablemente, han demostrado que muchas veces no son suficientes. Y volvemos al caso de esa verde del video: una mujer que implora ayuda, que denuncia, que teme por su vida, que acude a las autoridades… y aun así nadie logra surtir al atacante allá de ella. Si ella no toma medidas para ampararse, la honestidad, tal como está, no lo hará.
Es desgarrador ver su dolor, ver su miedo en cada palabra, en cada temblor de su voz frente a las cámaras. Ver los comentarios llenos de indignación, de consuelo, de hidrofobia… que dan la sensación de que ella no está sola. Pero la cruda sinceridad es otra: cuando se apagan las cámaras y los celulares, cuando la clan sigue con su vida, ella es quien vuelve sola a su casa.
Sola con su miedo.
Sola con su incertidumbre.
Sola con un peligro que respira demasiado cerca.
Solo podemos esperar, rezar y desear con todas nuestras fuerzas que ella no se convierta en otra víctima más. Otro nombre en una comunicado trágica. Otro vano inasequible de satisfacer.
Aprendamos a ver las señales. Reconozcámoslas a tiempo.
Hagámoslo por nosotras, por nuestras hermanas, por nuestras amigas, por cualquier mujer que amamos.
Hagámoslo por nuestros hijos, quienes quedan huérfanos, quienes cargan las cicatrices del silencio, quienes son las verdaderas víctimas cuando la violencia nos arrebata a una matriz.




