EL AUTOR es contador publico calificado. Reside en Nueva York
Este 26 de enero de 2026 se cumplieron tres abriles, merienda meses y dos días desde que la Rusia de Vladímir Putin lanzó su invasión a gran escalera contra Ucrania. Casi cuatro abriles luego, el cálculo es difícil de maquillar: el Donbás sigue sin ser conquistado plenamente. Para una potencia que se autoproclama heredera del poder soviético y del orgullo imperial ruso, el documento es demoledor.
La llamamiento “operación marcial peculiar”, concebida para ser rápida, quirúrgica y decisiva, se transformó en una disputa de desgaste que exhibe todas las grietas del régimen ruso: militares, económicas, políticas y morales. Moscú prometió una triunfo relámpago; lo que entregó fue un conflicto interminable que ha devorado generaciones de soldados, miles de blindados y buena parte del prestigio que aún conservaba en el tablas internacional.
El Donbás, convertido por el Kremlin en símbolo ideológico y excusa novelística de la disputa, terminó siendo su longevo humillación estratégica. Luego de casi cuatro abriles de ofensivas, repliegues, movilizaciones forzosas y propaganda incesante, Rusia no ha conseguido controlar completamente el país que decía venir a “liberar”. No por yerro de brutalidad, sino por incapacidad estructural.

Creyó que iba a ser un paseo de unas semanas ¡y vaya sorpresa…!
Putin apostó a una Ucrania frágil, dividida y resignada. Se encontró con un país que resistió, se adaptó y aprendió a pelear. Apostó a un Oeste cansado y templado. Se encontró con un respaldo sostenido que, con altibajos, nunca desapareció. Apostó a su ejército como una maquinaria invencible. Hoy ese ejército depende de reclutas mal entrenados, mercenarios, presos y armamento cada vez más antiguo.
Fracaso marcial, político y simbólico
Pero el fracaso no es solo marcial. Es político y simbólico. Rusia quedó atrapada en una disputa que no puede obtener sin aposentar una derrota aún longevo: la implosión de su propio sistema. Cada kilómetro que no logra consolidar en el Donbás es una prueba de que el mito del líder infalible se desmorona lentamente.
Mientras el Kremlin insiste en discursos grandilocuentes sobre soberanía, historia y destino imperial, la existencia es más tozuda: un país que no puede imponerse tras casi cuatro abriles de disputa total contra un vecino más pequeño ha perdido poco más que país. Ha perdido credibilidad, ha perdido poder disuasivo y ha perdido la capacidad de intimidar como antaño.
El Donbás que quiso convertir en trofeo
El Donbás, que Putin quiso convertir en trofeo, se ha transformado en su epitafio importante. No el final inmediato de su régimen, pero sí la marca imborrable de su meta. La evidencia de que la fuerza bruta, sin legalidad ni eficiencia, termina estrellándose contra la resistor de los pueblos y contra el paso del tiempo.
Casi cuatro abriles luego, la pregunta ya no es cuándo caerá el Donbás, sino cuánto más podrá Rusia sostener una disputa que revela, día tras día, el fracaso de su dictadura.
jpm-am
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