El dilema de la política monetaria de la Fed

El Índice de Precios al Consumidor (IPC) aumentó un 0,3 % en septiembre respecto de agosto y un 3,0 % interanual, el ritmo anual más stop desde comienzos de este año. Las cifras de los meses recientes se revisaron tenuemente al incremento. Podría ser el postrer apunte sólido sobre la inflación por un tiempo, ya que el obstrucción del gobierno detuvo la casa recoleta de datos el 1 de octubre. La equivocación de personal ya había hecho que más de un tercio del índice se imputara en extensión de muestrearse.

Los precios de la energía se aceleraron, mientras que los de los alimentos se moderaron —más en restaurantes que en supermercados—. Las principales proteínas, a excepción de la carne de res, bajaron en el mes. El café retrocedió tenuemente, aunque todavía está 18,9% por encima del nivel de hace un año. Los precios de la gasolina subieron un 4,1% en septiembre —el veterano aumento mensual en más de dos abriles—, pero siguen 0,5 % por debajo del nivel de hace un año.

Muchos amigos me han preguntado por qué la Reserva Federal no debería recortar las tasas para ayudar a los hogares de bajos ingresos. El argumento es que el mercado sindical se está enfriando —un problema serio para quienes viven al día— y que una mengua de las tasas de corto plazo aliviaría a quienes más lo necesitan. Sin bloqueo, hoy vemos el peor repunte de morosidad en varios segmentos subprime desde la Gran Recesión, lo que cuestiona esa premisa.

Comprendo el deseo de apuntalar el empleo, más aún tras el obstrucción del gobierno y el moradura que eso implica para contratistas y las comunidades donde viven los empleados federales. Aún más inquietantes son las amenazas de la dependencia de hacer permanentes algunos recortaduras y congelamientos de fondos estatales en una pulseada de stop peligro; eso eleva la probabilidad de que la recuperación sea más débil cuando el gobierno reabra.

Aun así, un retazo de tasas ayudaría poco dada la inflación que seguimos soportando. Mi cautela se podio en tres razones:

  1. Costo del crédito subprime. Las tasas para deudores con peor historial ya son muy altas; una descuento insignificante sería “una chispa en el océano” para mejorar su situación.
  2. Posesiones distributivos vía activos. Tasas más bajas suelen inflar los precios de los activos, que ya lucen recalentados. Esas ganancias benefician sobre todo a los más acomodados y agrandan la brecha: el 3.3 % superior va singladura en popa; el resto, no tanto.
  3. Inflación y aranceles regresivos. La inflación impulsada por aranceles golpea más a los hogares de ingresos bajos y medios, que consumen proporcionalmente más importados; en los hechos, funciona como un impuesto recesivo.

Cuando la inflación se mantiene “pegajosa” porque los aranceles y las fricciones comerciales encarecen las importaciones mientras sube el desempleo, la Fed enfrenta un dilema clásico de inflación de costos: deshumanizar para contener la inflación arriesga aumentar las probabilidades de recesión; aflojar para sostener el empleo arriesga afianzar la inflación. La esencia es separar los choques de precios relativos de una sola vez de la dinámica inflacionaria persistente y desempeñarse sobre esta última. Los aranceles elevan el nivel de precios directa e indirectamente vía márgenes en las cadenas de suministro; la política monetaria no puede deshacer esos recargos, pero sí puede evitar que se transformen en artículos de segunda dorso —indexación generalizada de precios y salarios y desanclaje de expectativas—.

Eso exige un situación condicionado por el estado de la pertenenciasno por el calendario. Primero, la Fed debería subrayar medidas de tendencia subyacente —IPC/PCE de media recortada o mediana, subyacente que excluya riqueza intensivos en importaciones e inflación de servicios anualizada a 3–6 meses— anejo con expectativas (encuestas y de mercado). Si esas tendencias ceden y las expectativas permanecen ancladas, la Fed puede tener lugar gradualmente de “restrictiva” a menos restrictivaincluso si la inflación genérico sigue elevada por aranceles. Esto puede implicar recortaduras pequeños de la tasa o un ritmo más premioso de reducción del cálculo (QT), manteniendo tasas reales ex en presencia de positivo hasta que la desinflación esté claramente establecida.

Segundo, conviene formalizar barandillas. Si las expectativas repuntan, el crecimiento salarial reacelera respecto de la productividad o la inflación de servicios se estanca, debe pausar o deshumanizar moderadamente pese al aumento del desempleo. Por el contrario, si el maltrato sindical alcanza un filo tipo regla de Sahm y la desinflación subyacente continúa, la Fed debería recortar con veterano atrevimientoseñalando que protege la pata de empleo del doble mandato porque la inercia inflacionaria está cediendo.

Tercero, se necesitan dos instrumentos para dos problemas. Usar la tasa de política y el ritmo de QT para dirigir la demanda y las primas por plazo; desplegar instalaciones permanentes para repositorio y la ventanilla de descuento para respaldar la solvencia si surge tensión. Esa separación preserva la credibilidad antiinflacionaria y evita una fruncimiento crediticia que empeoraría el empleo. La comunicación debe hacerlo patente: el apoyo de solvencia no es estímulo.

Cuarto, la Fed debe cachear la incertidumbre sobre r* y la NAIRÚ. Con una curva de Phillips aplanada, se requieren pérdidas de producto mayores para mover la inflación cuando los choques son de proposición; deshumanizar en exceso cerca de de una tasa indefinido mal medida genera holgura innecesaria. El remedio es el control robusto: designar políticas que funcionen razonablemente admisiblemente en presencia de rangos plausibles de parámetros y desempolvar rápido conforme evolucionen indicadores en tiempo auténtico (relación vacantes-desempleo, renuncias, rastreadores salariales, índices de difusión).

Botellín, la Fed debe conceder que los aranceles son una atrevimiento fiscal/comercial con artículos distributivos. La política monetaria no puede dirigir esos artículos; la política fiscal focalizada (reembolsos temporales o ajustes de diseño tributario) es superior. Un mensaje claro reduce la presión para usar la aparejo equivocada y estabiliza expectativas: “Miraremos más allá de los artículos de nivel provocados por los aranceles, pero no permitiremos que se transformen en inflación persistente”.

En la ejercicio, se manejo de una cuerda floja: perseverar la política tenuemente restrictiva hasta que la desinflación subyacente y las expectativas ancladas otorguen espacio para apoyar el empleo; luego aflojar de forma incrementallistos para pausar si regresa la persistencia. El objetivo no es forzar la inflación genérico a niveles prearanceles, sino sostener que el choque se desvanezca en extensión de fomentar un nuevo régimen inflacionario.

Lea más: Indexación salarial: La dura respuesta del presidente del Senado, Ricardo de los Santos, a Omar Fernández

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