@abrilpenaabreu
Un último de casi nada 13 primaveras encabezando una cuadrilla delincuencial en un arrabal de Santo Domingo. No lo descubrió la Policía, ni una dispositivo de inteligencia, ni una denuncia procesal: fue un periodista quien lo dio a conocer y un influencer —sí, un civil, no un agente— quien se tomó la molestia de seguirle el señal hasta entregarlo a las autoridades.
La pregunta que resuena es simple pero demoledora: ¿cómo un comunicador sin uniforme logra lo que el Estado, con todos sus fortuna, no puede?
La superiora, con el rostro de una mujer rendida, dice que ya estaba harta de agenciárselas ayuda y no encontrarla. Su certificación encarna una verdad que muchos prefieren ignorar: los hijos de menores de época, en este país, cargan con una sentencia social no escrita. Nacen con menos oportunidades, con menos recorrido, con menos respaldo. Y cuando el sistema los deja solos, la calle los adopta.
La comunidad lo sabía. Lo sabían todos. Pero el silencio, como siempre, fue el mejor cómplice. Ahora, mientras los “delincuenticos de villa” se echan la tropiezo entre ellos, queda al desnudo una verdad aún más cruel: tenemos niños delinquiendo, textualmente niños, y el sistema no parece tener herramientas reales para rescatar a tiempo a los que todavía podrían salvarse.
Hoy el país comenta el caso del “diablón”, pero por cada uno de ellos hay cientos —quizás miles— escondidos en los barrios del país. Invisibles, olvidados, con el mismo destino trazado.
Ojalá la Policía, que ahora se ve interpelada, actúe no solo con prontitud, sino con inteligencia, con humanidad. Porque aún estamos a tiempo… al menos en este caso.
Pero si seguimos actuando luego del hecho, luego del daño, luego de la tragedia, seguiremos alimentando el círculo donde los niños abandonados de hoy son los delincuentes buscados de mañana.
Que este caso sirva no solo para un titular, sino para un llamado de atención: la delincuencia pueril no se combate con redadas, sino con responsabilidad social y política.





