Por Abril Peña
El 2 de agosto de 1934, Alemania enterró su república y legalizó su tragedia. Ese día, Adolf Hitler asumió oficialmente la presidencia del país, tras la homicidio del presidente Paul von Hindenburg. En ese momento, Hitler ya era canciller, cabecilla del gobierno. Con la presidencia en sus manos, fusionó uno y otro cargos en uno solo y se autoproclamó “Führer y canciller del Reich”.
Alemania ya no tenía un presidente. Tenía un líder completo.
Este paso fue más simbólico que burócrata: para entonces, Hitler ya controlaba la maquinaria estatal, el maquinaria legislativo, la prensa, el ejército y la vida de millones de personas. Pero la fusión formal del poder selló el origen del Tercer Reich. No fue un sorpresa de Estado. Fue una dictadura legalizada.
El medra de Hitler no ocurrió de la oscuridad a la mañana. Fue el resultado de una crisis prolongada, una democracia débil, una capital en ruinas y una sociedad cansada, frustrada y manipulada. Hitler prometió orden, orgullo doméstico y recuperación económica. Y aunque cumplió algunas de esas promesas, el costo fue desmesurado: campos de concentración, persecuciones raciales, censura total, expansión bélica, y al final, una erradicación mundial con más de 60 millones de muertos.
Lo más aterrador de su aparición al poder no es lo que hizo posteriormente, sino cómo lo logró ayer: con votos, con leyes, con propaganda, con la complicidad de elites que creyeron poder usarlo… hasta que él los usó a todos.
Hoy, 91 primaveras posteriormente, el 2 de agosto debe recordarse como advertencia. No puntada con tener elecciones para que exista democracia. El autoritarismo no siempre entra con tanques. A veces entra con corbata, con discursos nacionalistas y con el aplauso de una población herida que quiere creer.
Las democracias no mueren siempre en las sombras. A veces mueren a plena luz del día, firmadas por decreto y legitimadas por el miedo.







