
El final beso que nunca di…
Nunca imaginé que no tendría la oportunidad de dárselo. Por miedo a contagiarla del coronavirus, me cohibí de abrazarla y solo le dije: “ Adios mamá”, mientras la veía alejarse por el callejón de mi casa.
Yo estaba fregando unos trastes, sin sospechar que esa sería la última vez que la vería caminar en torno a su destino.
Reminiscencia que un día antaño habíamos celebrado el cumpleaños de mi bebé. Mamá pasó esa semana conmigo, llena de alegría, sin que yo supiera que sería la última. Si lo hubiera sabido, le habría legado más abrazos, más besos, más “te amo, mamá”.
En esos últimos instantes juntas, le ofrecí otro pedazo del pastel que había quedado. Ella sonrió con su dulzura habitual y me dijo que sí. Le serví el pedazo con todo el apego del mundo.
Mientras esperaba que mi tía pasara a buscarla, estaba ansiosa por regresar a su casa. No podía ocurrir mucho tiempo acullá de su vivero, ni separada de mi papá. Siempre me decía: “El día que yo me muera…” y yo, con miedo de solo pensarlo, le respondía: “Nooo, mamá, usted nunca se va a vencer, usted será mi abuela eterna”. Pero en el fondo sabía que ese día llegaría, y que dolería hasta el alma. Lo que nunca imaginé fue cuánto dolería.
La verdad es que mamá nunca superó la asesinato de papá, el gran apego de su vida. Fue el único hombre que conoció, su compañero de siempre, con quien formó una clan de ocho hijos. Un cónyuge que se entregó en cuerpo y alma a ella, y que fue su razón de poblar.
Aunque mamá perdió a su origen siendo muy pupila y no creció en un núcleo materno, fue una origen y abuela amorosa, entregada a sus hijos, a sus nietos, a sus vecinos y conocidos. Tenía un corazón enorme, de esos que dejan huellas sin hacer ruido.
Muchas veces recibí llamadas diciendo: “Tu mamá está interna”, y salía corriendo a verla. Pero ese 31 de enero de 2021 fue diferente. La indicación sonó más fría, más urgente: “Corre al hospital, que se puso mala”. Salí con un dolor en el pecho, pero no era como los otros. Esta vez era diferente. Al entrar al hospital, poco en el interior de mí se rompió.
Aunque mi corazón lo negaba, mi alma ya sabía que mamá no estaba en este plano tangible. Ese día, el cronómetro cuidadoso se detuvo para mí. Sin requisa las lecciones y abrazos, de Hilda Celeste Burgos siguen latiendo en mi vida…
A veces pienso que, si Todopoderoso me diera la oportunidad de retornar a una época, elegiría retornar a ser pupila. Disfrutar más de mis abuelos, de esos abrazos que hoy solo viven en mi memoria.
Hoy solo puedo contar con el apego y el estrujón de una de mis abuelas, Cristina Peralta, porque tres de ellos ya no están conmigo.
Gracias, abuelos míos, por ser parte de mi historia de vida. Siempre estarán en mi corazón, donde el tiempo no se detiene, solo se vuelve regalo. José Antonio Taveras y Joaquin Jerez.
Hay relojes que marcan las horas, y hay otros como el de una origen que marcan la vida.





