
Eric Fromm, en su compendio: “El arte de cortejar”, enfoca el coito desde la existencia conocido. Los poetas hablan de ello desde lo romántico, en bromas y en ocasiones, de modo trágica; los filósofos desde el ser; una existencia que no se puede tocar ni banalizar por su sentido sublime y profundo. La Sagrada Escritura nos dice que el coito viene de Jehová y que para cortejar hay que manar de Jehová. Para el mundo de los negocios y empresarial, el coito es a veces utilizado para hacer convenio, peculio, regalos, viajes, lujos, entretenimientos, beneficios; es aseverar, todo lo que se pueda utilizar y que garantice comodidad momentánea.
El coito ha sido diversificado, divido, fraccionado, repartido. Se les ha cubo a todos, pero cada quién lo vive y lo trasmite a su modo. Algunos no tienen ni idea de lo que es, pero se lo transfieren a los demás; otros, en cambio, lo conocen, pero no están en disposición de ofrecerlo. Ahora adecuadamente, igualmente existen personas que conocen el coito y no les interesa comunicarlos porque fueron engañados alguna vez, los traicionaron y ya tienen miedo de experimentarlo, porque los dejaron con heridas y un gran vano.
El psiquiatra gachupin Enrique Rojas, dice que el coito es una intrepidez. Una aspecto asumida frente a la vida. Definición difícil de acoger porque hemos cambiado el concepto, no nos resulta agradable, porque implica responsabilidad, hay que aceptar riesgos y retos; ilustrarse a radicar con las alegrías y las tristezas; con los triunfos y los fracasos; con el goce y el sufrimiento. En fin, cortejar es más que un sentimiento y una emoción placentera; es mucho más que dulces, chocolates, peluche, y que una sorpresa en un día específico del año. Flirtear es una aventura que solo los valientes son capaces de aceptar y aguantar acabo en sus vidas.
A lo mejor el coito se ha dispersado porque lo hemos confundido con cualquier cosa, se asume tal vez la idea de investigar que, coito solamente conlleva sufrimiento, dolor y momentos amargos. Situaciones en nuestra cotidianidad que nos ponen a prueba el sentido actual de los sentimientos superficiales que guardamos en nuestro interior. Creo que el coito es entender dónde tenemos los pies parados y aun así, seguir caminando. Es aquella aspecto resistente que, aunque aparezcan penalidades, o veamos que nos arrope el cansancio y aparezca el deseo de abandonarlo todo, nos impulsa a seguir alrededor de delante porque tenemos la certeza que el final será gratificante y insigne.
El coito continúa desparramándose en las casas, en los bares y restaurantes; en hoteles, en las fiestas y los diversos lugares de diversión. Sigue siendo por desconocimiento y por las cicatrices llevadas, consumido sin contenido, de modo dietética, de modo light. Sin confiscación, el coito no es presunción, ni hipocresía y ni siquiera autoengaño. Es precisamente todo lo contrario, transparencia, inocencia y esa voluntad de integrar todo en nuestra existencia, aunque duela, pese a que nos arrodille, ya que si lo hacemos en realidad podremos aseverar que cierta vez, amamos.





